Isla Cristina (Huelva), julio del 2015. Un sonriente y encorbatado Enrique Pérez Viguera, subdelegado del Gobierno en esa provincia, pisa con sus zapatos de esmoquin la pasarela flotante de 150 metros que el ministerio acaba de colocar en la playa de la Gaviota. La instalación permitía el acceso al arenal mientras era reparado un puente de madera muy deteriorado y que necesitaba algo más que una mano de pintura. El arreglo del puente y el alquiler de la plataforma de plástico costaron a las arcas del Estado 240.000 euros que el señor Pérez Viguera, entusiasmado con tan original solución, justificó «por la sensibilidad del Gobierno central a las demandas de la localidad isleña» y por la responsabilidad de la Dirección General de Costas sobre el puente.

Un simple vistazo a las fotos es suficiente para deducir que la pasarela de Isla Cristina es prima hermana de la que ha sido colocada en Sada esta semana, con la salvedad de que la nuestra, que mide cien metros, es un poco más pequeña que la andaluza, con la que presenta además una diferencia administrativa notable: aquí es el Concello el que se afloja el bolsillo.

Sada ha alquilado la plataforma para la playa de As Delicias, en pleno centro de la villa, porque el incómodo lodazal que cerca el arenal impide con frecuencia el baño y empieza a ahuyentar a los turistas. Mediante la pasarela se supera, mar adentro, la barra de fango, de manera que el chapuzón vuelve a ser una práctica agradable. En el alquiler de esta instalación por dos meses se van a gastar los sadenses unos 18.000 euros.

En la niebla de los tiempos se pierde ya el proyecto de regeneración de las playas de Sada, reclamado de manera insistente por el municipio y que llegó a figurar en los Presupuestos Generales del Estado del año 2012, tal y como recordaba el miércoles la periodista de La Voz de Galicia Dolores Vázquez. La negativa ministerial a las solicitudes medioambientales del Concello no es exclusiva de la villa coruñesa, y de hecho ahí sigue, incólume y en todo su esplendor, el estercolero de la ría de O Burgo. Pero lo cierto es que el fango de la costa sadense acumula ya en algunas zonas ¡diez metros de profundidad!, mientras el proyecto de actuación medioambiental sigue acumulando telarañas en el abismo de un cajón de Madrid.

Y vistos los antecedentes onubenses, uno se pregunta si no será oportuno meter la factura del alquiler en un sobre y hacerla llegar al ministerio, a ver si en una de esas suena la flauta, aunque solo sea por la sensibilidad del Gobierno central a las demandas de la localidad mariñana, que estoy convencido de que despiertan tanto interés como las de Isla Cristina.

Por Alfonso Andrade coruñesas

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La pasarela flotante y un cajón de Madrid