Rafa Varela: «Cuando tenía 16 años mi padre me llevó castigado al Gran Sol»

El propietario de El Chaflán teme la repercusión económica de las medidas para atajar el coronavirus


Es todo corazón. Rafael Varela Lista es el propietario de uno de los bares más populares de la ciudad, El Chaflán. Fue capaz de inventarse unos premios Rafas que emulaban a los Oscar. Desde este local de la plaza de Monforte se impulsó la iniciativa de ayudar a Abdou, el senegalés que no disponía de recursos para ir a despedir a su madre a su país. Rafa y su mujer, Anuska, organizaron en un pazo la fiesta del 25.º cumpleaños del negocio a la que acudieron 450 personas. Por eso esta semana le pregunté a Rafa qué piensan hacer cuando la pesadilla del coronavirus se termine. «No pensamos en la fiesta. Lo que estamos es preocupados por la salud y por salir de esta situación. También me preocupa cómo va a ir la economía. No veo cómo vamos a controlar en los bares para que entren unos y salgan otros, y más en el nuestro que es un rebumbio constante. Pienso que va para largo. Cuando podamos abrir lo que me viene a la cabeza es el reencuentro, la alegría de la gente. Habrá besos y abrazos hasta a personas que solo conoces de vista. La mayor fiesta que puede haber será el reencuentro de la gente», analiza, aunque después añade: «Ojalá que podamos cortar la calle para hacer un fiestón con grupos de música en directo».

La figura de Anuska

Charlamos durante 45 minutos. Yo pregunto y tecleo, él responde desde la aldea de Irixoa donde está confinado. «Estoy sentado en la hierba. Estuve cuatro días desbrozando y cortando el césped para dejarlo decente. Somos unos privilegiados comparado con la gente que tiene que estar en un piso. Estoy más con los niños que habitualmente», comenta Rafa que es padre por partida triple. Tiene un hijo de 22 años fruto de un primer matrimonio. «Y Paco de 10 y Rafita de 5, con mi actual mujer, Anuska, que además es el alma máter del negocio. Todos me llamáis a mí, pero es la que lleva el peso. Es la cabeza sensata y tiene un corazón que no le cabe en el pecho», asegura Rafa, que está pendiente de su madre, que fue cocinera del bar. «Es una persona de alto riesgo y no quiso irse de su casa». Ahora él está preocupado por ella, pero hace unos años era al revés. «Era un poco rebelde y me costaba estudiar. Yo nací en A Coruña, pero me gusta decir que soy de Corme, de familia mariñeira. Mi padre era patrón de pesca y me llevó dos veces castigado al Gran Sol», recuerda. ¡Y pensar que ahora la amenaza a los chavales es confiscarles la Play Station! «Aquello era durísimo. Las mareas eran de 18 o 20 días. Cada cuatro horas había que recoger el aparejo. Era una agonía», recuerda. Estudió hasta 8.º de EGB en Santa María del Mar y después en el instituto de Elviña. «Era buen chaval, pero me gustaba estar con los amigos y salir. Mi segunda casa era un disco bar que había enfrente de mi casa. Ahí empezó mi relación con la hostelería», asegura. Acabó COU, empezó los estudios de Informática en la academia Azorín, y se fue a la mili. «Me tocó Melilla y me apunté a la Legión. Fueron duros los dos primeros meses de campamento, pero, como tenía estudios, finalmente estuve en administración».

El bar cerrado

Trabajó en la empresa de informática de un familiar. «Nunca me gustó, no sé porqué me metí. Además, el dinero no me llegaba para independizarme y me entró en la cabeza preparar oposiciones para Policía Nacional. Fueron dos meses en la Academia Cervantes hasta que me surgió la oportunidad del bar», relata. Ahora, a sus 50 años, dice que no volvió a coger un ordenador y es feliz detrás de la barra. «La clave es que la gente que para allí genera buen ambiente y que los empleados, que son compañeros, Abel, Matías, Laura y Eloy, son fabulosos. Mi asesor se está encargando de todo ahora, porque tener el bar cerrado es una pasta al mes». Dice que le gustaría entrenar a un equipo de benjamines y no perdona la cañita una vez acabado el servicio. «Que todo el mundo se cuide mucho», dice en la despedida. Poco después recibo un mensaje. Es Anuska desde el móvil de Rafa. «Es muy impuntual. Incluso ahora que estamos confinados llega tarde a comer», apunta con emoticonos de risa.

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