La misión de rescatar las palabras más bonitas desde una aldea de Galicia

Su diccionario nombra las acciones, animales y plantas desde la perspectiva humana. Mónica Fernández-Aceytuno ha abierto una ventana a la naturaleza que triunfa en Amazon

Mónica Fernández-Aceytuno, autora de «Las 104 palabras mas hermosas de la naturaleza»
Mónica Fernández-Aceytuno, autora de «Las 104 palabras mas hermosas de la naturaleza»

Nació en el desierto pero hoy nada la separa del verde de su casa gallega. Mónica Fernández-Aceytuno (1961 en Villa Cisneros, Sáhara Español), encuentra en las palabras un «tesoro» que mantener a salvo. Estudió Biología y trabajó en un laboratorio en Madrid antes de trasladarse a Carraceda (Oza dos Ríos). El país de los pájaros que duermen en el aire (Espasa) es el libro previo a una misión que no ha concluido. Las 104 palabras más hermosas de la naturaleza (Diccionario Aceytuno), que ella misma edita, encabeza el listado de ventas online de diccionarios en castellano y se imprime bajo demanda. El confinamiento la coge preparando Las 104 palabras más curiosas. Luego vendrán las del mar y las del campo. «No sé si los terminaré, ese es otro reto», sonríe. Leer significados puede ser muy entretenido, y enriquecedor.

­-¿Por qué escribir un diccionario?

-Empecé a guardar las palabras que más me gustaban. Además, sentía que a definiciones, con mucho detalle en los diccionarios, les faltaba el alma: casar la naturaleza con la definición. Como a los pintores, hasta que salieron fuera de sus estudios, les faltaba recoger esa primera impresión que tenemos cuando vemos un árbol o un pájaro. Esa impronta humana que es también un poco artística.

­-¿Cuál es su método?

-No sigo el método de ningún diccionario, aunque sí consulto muchos. Las palabras que más gustan son las que no sé y tengo que encontrar. El insecto que trata de salir por un cristal, bordonea (como escribió Camus, en El extranjero). Las alas de los gorriones salpicando el agua de las fuentes, bazucan. El ruido del mar cuando bate en la orilla, el chapaleteo del que escribía Cervantes. Describo como vivo, sin sentir que tenga que demostrar nada. Tampoco estoy preocupada porque otros colegas o científicos digan que algo no está bien, no voy a hablar de lo que no sé. Hay definiciones botánicas y zoológicas muy distantes, que no evocan y ponen una barrera. Crecer un árbol es arbolecer. Una palabra sencillísima y estás viendo el árbol crecer. Tremolinar es el viento bullicioso. A las definiciones añado mi experiencia. Qué estaba haciendo este día y textos con esos términos.

-El esfuerzo se compensa con las ventas.

-Sí, a veces es el primer diccionario más vendido en Amazon o e-Book. Una sorpresa increíble. Detecto que la gente tiene necesidad de naturaleza, de pisar tierra. Hace unos días me olvidé del post diario que publico en Instagram y una enfermera me pidió que nunca dejara de escribir o subir fotos porque son su ventana a lo natural. Me emocionó, no pensé que para alguien fuera importante lo que escribo.

El gallego es una de las lenguas más ricas en términos de naturaleza

-¿Por qué dejó Madrid por Oza dos Ríos?

-Mi marido fue destinado seis meses a Alaska. Allí pensaba en Félix Rodríguez de la Fuente pescando salmones. Cuando volví, Madrid me resultó insoportable. Dejé el trabajo, que era fijo, y construimos esta casa en el pueblo de mi marido. Eso fue hace casi 30 años. Alaska me encantó, pero enamorarme me enamoré en Galicia. Allí los ríos son más grandes, pero aquí, en las partes bien conservadas, te encuentras helechos gigantes, mirlos de río que aprenden primero a bucear que a volar, o truchas. Es la cantidad de ecosistemas distintos. En pocos kilómetros puedes ver desde unas dunas a un río, el océano abierto o una cala donde llegan los robles a la orilla y estás oyendo el canto del petirrojo. Ves volar mariposas de col de un lado a otro de la ría o a un martín pescador que se lanza desde un acantilado. Y las flores. Las hay que podrían estar en un jardín botánico. También ahora, que no puedo salir de casa, veo un montón de cosas en las que antes no me fijaba. Y eso que no tengo muchos ferrados.

-Ferrado, una palabra tan de aquí.

-El gallego es una de las lenguas más ricas en términos de naturaleza. Cuando quiero saber cómo se llama la luz filtrada por las hojas de los árboles o el ruido del viento en una rama, no lo encuentro en ningún diccionario más que en el gallego. Se habla mucho del japonés, con palabras muy bonitas que no tenemos, pero cuando busco una muy cercana a la tierra, al mar, acabo en el Dicionario da Real Academia Galega. El gallego nombra fenomenal, también con el tiempo. Se fija en todo. No se nombra nada si no te fijas, si no tienes la necesidad de hacerlo. ¡Caer a xeada, ves la caída de una sábana blanca! Descendemos de personas que tuvieron que observar la naturaleza para vivir.

-Elija una palabra solo en gallego.

-Tremelucir. El brillo del sol en el agua que traza un camino de luz. Luz que tiembla.

-¿Palabra más consultada?

-Maresía, el olor del mar. No está en la RAE, se recoge en un diccionario de Canarias y también existe en gallego: marusía.

-¿Una que le guste?

-Ventimperio. Tiempo desapacible en el que se mezclan la lluvia y el viento. «En las tardes ensimismadas en lluvia y ventimperio», escribió Rosalía de Castro.

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