He declinado ver, leer o escuchar varios documentos que me enviaron esta semana. Entre ellos, la grabación de los gritos del alcalde de Oleiros a una policía municipal, o la que recogía los testimonios de los vecinos de la desahuciada Maricarmen sobre sus comportamientos y trato. No necesito tanto detalle ni me interesan las cosas feas: siento que pierdo el tiempo y algunas energías, ambos bienes muy escasos. Me acordé de una frase de Bertrand Russell que se pone como ejemplo de buena argumentación: «Los males del mundo se deben tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia». Hasta aquí estoy de acuerdo, pero añadía que no se había descubierto ningún método para enseñar la virtud y sí sabíamos cómo mejorar fácilmente la inteligencia. Y en esto, en lo que ya no puedo estar de acuerdo, se basaba para concluir que «el progreso deberá buscarse mejorando la inteligencia, no la moral».
Veamos el caso que se discute ahora sobre una supuesta violación múltiple en la Universidad de Cornell: después de una fiesta, una chica, en lugar de regresar a su casa sola y borracha, decide acudir a una fraternidad de chicos para visitar a su novio, que estaba con un amigo. Se lía con ellos, aunque sospecha que hay algo entre los dos varones, por lo visto, también intoxicados. Van entrando otros, hasta siete. Todos o la mayoría en mal estado. ¿Qué falla aquí: la inteligencia o la moral de los personajes? ¿Sería reparable el desastre con el concurso de la inteligencia y el conocimiento de la naturaleza humana?
Es imprescindible cultivar inteligencia y moral. Despreciarlas provoca todos los males. Una moral estúpida genera desorden y tiranía. Y una inteligencia sin freno moral los aprovecha.