Oleiros no pierde la memoria

Alumnos de los talleres de memoria elaboran una revista que recoge cómo se divertían los vecinos el siglo pasado


Oleiros / la voz

«Chegabamos ao baile molladiñas. Non había perruquería... pero a ilusión era tanta por ter un momento de diversión que non nos importaba. Polo camiño non había luz, así que na ida e na volta iamos todas xuntas cantando, contando chistes e facendo bromas; a verdade é que o pasabamos moi ben». Este es uno de los entrañables testimonios que recoge Oleiros na memoria. Así nos divertíamos, una publicación que elaboraron las personas mayores que participan en los talleres de memoria del programa municipal Envellecemento Activo 60. Si en el primer número de esta revista los lugares emblemáticos del municipio eran la excusa para la recuperación de aquellas vivencias, en esta nueva publicación el hilo argumental es la forma y lugares en los que se divertían nuestros padres y abuelos. Ellos mismos explican que fue una época dura «pero non exenta de encantos e agradables sorpresas, quizais eramos máis inocentes» y el tiempo de ocio se disfrutaba en los cines, las verbenas y las pistas y los salones de baile. Los mayores recuerdan decenas repartidas por todo el municipio y algunas tienen historias tan curiosas como La Pista de Mera, abierta por Manolo O Japonés, que hacía la competencia a su madre, Casilda, que tenía el salón de baile A Perla. Allí cantó infinidad de veces Pucho Boedo antes de hacerse famoso, y tuvo tanto éxito que la zona todavía lleva este nombre y la familia de Manolo es conocida por el nombre de «Os da Pista». En Santa Cruz, el antiguo Maxi tenía una sala de fiestas en el piso superior. Su dueño la decoró de una forma muy moderna, con hojas de plataneros en las columnas, cortinas con abalorios de cristal y una bola giratoria con espejos que daban destellos de luz en la pista de baile. La decoración no contó con la aprobación de las madres porque los destellos les impedían observar bien a sus hijas. Así que el propietario no tuvo más remedio que ceder para que las madres dejasen volver a sus hijas al salón de baile. Algunos recordarán también las corridas de toros que se celebraban en una finca junto a la Quinta Canaima, en el centro de Oleiros, o los cigarros, caramelos, tofes y bolas de colores que Evangelina, María de Xan y Rosa de Tía Dolores vendían a la entrada de los cines. Tanto el concejal Nacho Crespo como la responsable del programa, Nélida Rodríguez, explicaron que la publicación de la revista, de la que se editaron 3.000 ejemplares, es una recompensa al trabajo de los alumnos. «Es una forma de que estén activos y, al mismo tiempo, permite darle valor a sus vivencias y que las transmitan», explican. De hecho, el Concello de Oleiros ya está organizando un encuentro para primavera con alumnos de tres colegios del municipio. «Ellos se sienten muy bien haciendo este trabajo y lo interesante ahora es que también pueden transmitir su historia y la de su pueblo», explica Nacho Crespo. El taller de memoria funciona desde hace casi dos décadas y a día de hoy asisten a las clases 261 personas

Dora Pan Patiño: «Santa Cruz ten máis vida agora»

Con solo 14 años se puso a trabajar con su tía como costurera. «Iamos ás casas coa máquina na cabeza», recuerda. Los domingos iba a la playa -«aprendín a nadar de nena»- y de vez en cuando iba al baile o al cine al Salón Capitol, donde hoy en día está la carnicería Curtis. «Era un salón marabilloso, moi bonito. Os mozos baixaban as cadeiras que estaban amoreadas para que sentásemos as mulleres e alí falabamos, bailabamos e pasabámolo ben». Dora Pan Patiño, con 87 años, recuerda que después llegaba la sesión de cine, con películas de Clark Gable. «Era a vida que había en Santa Cruz, pero agora está moito mellor: hai médico, farmacia, estradas, luz... Algúns din que hai moito cemento, pero tamén hai moita vida. E antes non tiñamos onde comprar un dedal ou unha aspirina», dice Dora, una de las alumnas más veteranas de los talleres de memoria. 

María Pilar Viña Varela: «El Seijal era como Disneyworld»

Tiene 62 años, vive en Perillo y dos hijos «ya colocados», como dice ella. Es Pilar Viña, una de las colaboradoras de la revista recién editada. Explica que buceó en los archivos de La Voz de Galicia para conseguir información sobre la sala de fiestas El Seijal, abierta en 1929 y punto de referencia de la juventud el siglo pasado. Pilar dice que este trabajo le permitió recuperar vivencias y sensaciones. «Recuerdo que la primera vez que entré allí, al ver todo aquello, fue como para un niño de hoy en día ir a Disneyworld. Me quedé con la boca abierta: aquellos sillones amarillos, las mesas blancas, la bola de cristal que daba vueltas...». Explica que, después de tantos años, pudo volver a entrar «y está todo igual». «Me gustaría que mis hijos lo pudieran visitar. Fue un referente de diversión para mucha gente en aquella época. No había mucho más...», explica.

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