La elegancia blanca que surca las aguas

Los cisnes de la ría de O Burgo tienen su origen en la laguna de Mera, en Oleiros

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No es seguro que sean todos oriundos de Mera. Podría ser que a la tribu originaria de allí se hayan unido, con los años, ejemplares llegados de cualquier otro lugar. Sea como sea, si los cisnes de la ría de O Burgo se contaran de vez en cuando la historia de los suyos, como tanto nos gusta hacer a los humanos, el relato sería más o menos así: Los primeros cuatro cisnes vulgares se establecieron en la ría de O Burgo hace casi doce años; para ser exactos, a principios de noviembre del 2006, según compruebo en mi cuaderno de campo. Pertenecían a una pequeña población liberada en laguna de Mera, en Oleiros, con fines ornamentales. Ese otoño, a raíz de unas obras de remodelación de aquel humedal, decidieron cambiar de hogar. Tras vagar durante un tiempo entre las ensenadas de Mera y Santa Cruz, descubrieron el estuario del Mero. Y allí se quedaron. 

Un destino perfecto

Para ejemplares como ellos, la ría de O Burgo era la mejor tierra de promisión imaginable: amplia, segura, sin oleaje, rebosante de alimento en forma de vegetación sumergida... Y con unos cuantos rincones en los que instalar sus nidos cada primavera. Ya no se marcharon. Al año siguiente eran ya cinco. Cada vez más personas venían a admirarlos; y de paso, a facilitarles alimento, sobre todo pan. Acaso sea este el motivo de que, en algunas versiones de esta historia, el narrador defienda que para los asombrados humanos los cisnes se convirtieron en pequeños dioses que bien merecían abundantes ofrendas.

El caso es que, como bendecida por la prosperidad, su tribu empezó a crecer de manera imparable. En el 2011 eran ya 11. Y este enero pasado, 37. Tal era su fortuna, que no es improbable que de aquí partiera en busca de otro hogar más de una joven pareja, ante la escasez de oferta de espacios en los que nidificar. Pero todo había comenzado a cambiar hace dos temporadas.

Esta primavera y la anterior hemos tenido noticia en estas mismas páginas del robo de las puestas de los cisnes de la ría. Los ladrones eligieron bien el momento: cuando los pollos estaban casi a punto de romper el cascarón. Todo apunta a que su objetivo es el mercado negro. Triste destino para los retoños de unas aves tan blancas. ¿Qué habrá sido de ellos? La leyenda termina por el momento aquí. Ojalá en el siguiente capítulo se identifique a esos saqueadores. Mientras tanto, los cisnes siguen encandilando con su elegancia.

Son aves bastante territoriales y agresivas, eso sí, que no se andan con chiquitas cuando en los inviernos fríos aparece un cisne de otra especie. Alguno ha terminado sus días allí por ese motivo. Además, en temporada de cría no admiten otras palmípedas en su entorno. Esta actitud, propia de aquellas deidades egoístas del panteón grecolatino, probablemente les merezca el lógico repudio de muchos ánades.

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