El singular confinamiento de Costa Miño

No tiene ninguna tienda ni farmacia, por lo que los vecinos están obligados a desplazarse fuera de la urbanización. La mayoría van a Miño o a Pontedeume


miño / la voz

Sin tienda, ni supermercado ni farmacia, los vecinos de Costa Miño han vivido su particular confinamiento, obligados, como es habitual para ellos, a desplazarse para proveerse fuera de la macrourbanización. Lo más cercano, Ombre, en Vilanova, en la tienda de alimentación del Bar Galicia, frente al apeadero, aunque la mayoría indican que optan por ir a la capital municipal o a Pontedeume. El único local de hostelería está en el club de golf. No abría hoy, no les compensa, lo hará el 29 con una fiesta. La falta de desarrollo genera respuestas contrapuestas entre los residentes de una urbanización aún a medio hacer.

Carmen Rosillo vive en Boadilla (Madrid), vino a pasar una semana en su segunda residencia y el estado de alarma la obligó a quedarse. «Me operaron de dos cánceres, del 1 al 8 de marzo no teníamos citas médicas y pensamos en aprovechar y dar una vuelta porque llevábamos ocho meses sin venir», dice. En su día se enteraron de la urbanización por unos amigos y lo consideraron una buena inversión. «Lo llevo bien porque estamos a gusto, pero mal porque no veo a mis nietos, que vivo con ellos», indica, preocupada por cómo será su vuelta y por el aplazamiento de sus revisiones. Sin embargo, está contenta con la casa y señala que solucionan la compra bajando una vez a la semana a Miño. «Nos apañamos muy bien y estamos aquí más tranquilos por los contagios», señala, comentando que dos de sus cuatro hijas han pasado el coronavirus.

Uno de los nuevos inquilinos de esta urbanización es Jorge Carreira Rubinos. Llegó con su pareja hace cuatro meses. Les pareció una buena opción ya que tienen dos galgos y hay mucha zona para pasear. «Pódeslle dar a volta a urbanización e non te saltas as normas», indica aún en la fase 0. También recurre para las compras a la capital municipal. Antes vivían en Ferrol, él es de Vilalba y su pareja de As Pontes, pero ahora ambos trabajan en Bergondo y en Costa Miño encontraron mucha oferta de alojamiento. «Hai bastantes casas baleiras e cóllenos a 10 minutos do traballo», comenta.

Francisco Diéguez, vecino de Sada, compró en Costa Miño y reconoce que a su pareja le gusta, pero para él le faltan servicios. «Es un sitio tranquilo para pasear el perro, pero dependes del coche para todo», cuestiona y cree que debería tener alternativas de transporte público.

Menos contenta aún está Gloria Pena, lleva viviendo allí desde hace cuatro años, cuando se jubiló y se trasladó desde Madrid. Se enteró de la comercialización de Costa Miño por un compañero de trabajo en el 2007. Conocía la zona porque veraneó con su familia en Pontedeume. «A mí me gustó el proyecto inicial y cómo estaba contemplada su financiación, me lo creí, pero luego resultó ser una estafa y ahora no hay manera de deshacerse de ella», indica. «El folleto original te hablaba de suelo dotacional, guardería, centro de día, supermercado y teníamos de todo», sin embargo indica que ahora incluso para comprar «o vas al bar Galicia, que es como un colmado, o a Miño». Afirma que hasta para ir a la playa hay que coger el coche y se queja de que los residentes no tengan una zona reservada.

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