En la salud y en la enfermedad


En ocasiones, debe ser cosa de la edad, me detengo a leer las esquelas del diario, y según se suceden los días y los años, con el paso del tiempo, a veces encuentro la noticia del fallecimiento de un amigo o de un conocido del que nada sabía desde hace mucho . Esta semana leí dos esquelas que abrían la página de los difuntos recientes y me sorprendí a la vez que me emocioné al constatar la muerte de dos parejas de ancianos. María Josefa y José Antonio, ambos de noventa años residentes en Monfero, que fallecieron con una diferencia que no llegaba a las veinticuatro horas.

La otra esquela daba cuenta de óbito de Cholo, residente en Miño, de noventa y un años y de su esposa Carmen que contaba ochenta y nueve años. Los dos murieron el mismo día.

La muerte, esa gran urdidora de celadas, no quiso separarlos, los unió para siempre y juntos emprendieron el viaje final por el camino que lleva a la eternidad. Hasta que la muerte nos separe, se dice en la promesa eclesial del matrimonio, pero en este caso la frase se convierte en: hasta que la muerte nos una, después de compartir una larga vida unidos en la salud y en la enfermedad. Semanas atrás el periódico contaba una historia idéntica de una pareja que vivía en Mañón, en las orillas del Sor, y que juntos emprendieron el viaje al mas allá.

Morir de amor no es una utopía de adolescentes enamorados, ni un deseo de escritores románticos o cineastas melancólicos, es una realidad cuando la vida renuncia a un futuro compartido.

Para muchos ancianos que han tenido un proyecto en común la ausencia de uno de ellos es insuperable, y no existe ningún duelo que pueda atemperar el dolor.

En la pared del salón de ambos hogares, imagino una foto antigua del día de su boda, que fue envejeciendo a la vez que ellos. La vejez fue llegando despacio, los inviernos trajeron el carro de los fríos y los días de la lluvia pertinaz, los hijos se fueron a la ciudad y vienen cada vez menos. La soledad de dos se quedó a vivir con ellos, y la enfermedad fue ocupando los espacios felices de la salud.

No son historias de Montescos ni Capuletos, ni de Calixtos y Melibeas, son reales, emotivas, llegan directamente al corazón, al registro personal de las emociones que es el lugar donde residen las crónicas de la vida y de la muerte de las gentes normales, como la que les he contado. Que la tierra les sea leve.

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