«Para mí, volver a andar es magia»

Un ictus le dejó un daño cerebral que no la arredra. Con mucho esfuerzo, ha vuelto a recuperar parte de su autonomía personal


A CORUÑA / LA VOZ

«A mí hay que matarme», bromea María Teresa Valero Mato sobre su capacidad de salir a flote. Todo empezó con «un dolor insoportable de cabeza». «Mi casa era el caos, como mi vida», cuenta, y su ritmo, frenético: el trabajo, las oposiciones, la casa, los hijos... «Noté que algo iba mal, me faltaba el aire». Fue al médico. Después al hospital. «Un calmante en vena y para casa; al día siguiente ya no hablaba», resume. El tac reveló un aneurisma «y al final me dieron tres infartos cerebrales y cogí meningitis». Eso fue en junio del 2011, iba a cumplir 51 años y sus niñas, Ester y Carlota, tenían 9 y 16. Y todo se paró.

Marité es una de las 35.756 personas que en Galicia sufren daño cerebral adquirido, una nómina a la que cada año se suman 7.000 más. A todas ellas se les dedica hoy un día para la sensibilidad y la reivindicación. Ayer, en María Pita, hicieron una petición básica: una estrategia sanitaria, y también social, frente a un episodio siempre repentino y con secuelas. A veces tantas que, de no ser el último, marca un punto y aparte en la novela de la vida.

Lo de Marité fue un ictus, la avería en las cañerías del cerebro que está detrás de hasta el 78 % de los casos. Por fortuna, no entró a engrosar otra lista más funesta: los accidentes cerebrovasculares (ACV) son la primera causa de muerte en mujeres.

«Del Chuac casi no me acuerdo», dice. La ingresaron en Oza y su caótico día a día se complicó aún más. «Sin familia no haces nada», insiste sobre el apoyo necesario para afrontar algo más que un paréntesis inesperado. «Estuve meses ingresada, fui a rehabilitación hasta que me dieron el alta. Salí de allí sin andar».

A los 20 años le habían dicho que ya no iba a ser capaz de aprender a andar en bici, «yo contesté: ‘¿que no? Ya verás’. Y aprendí. Pues esto, lo mismo», recuerda ahora para dar idea del terco empeño que la define. No elude ningún desafío, y tampoco el de las discapacidades que le dejó el ACV. Estuvo dos años en casa «sin hacer nada, no me podía levantar del sofá, ir al baño sola..., pero soy como una mula: si me dicen ‘no lo vas a conseguir’, voy a por ello como un miura».

En el 2014 conoció Adaceco, la asociación de afectados. Y empezó a hacer fisio, terapia ocupacional y rehabilitación neuropsicológica.. «Tenía dificultades de atención, de memoria, la orientación espacial bastante afectada... y el lado izquierdo es como si no fuera suyo», explica Inés Cortés, la terapeuta que, con la fisioterapeuta Rebeca Yebra, aplica ahora la denominada terapia intensiva. Como su nombre indica, un tratamiento concentrado y muy exigente. «No, no tenemos mucha piedad», ironiza sobre la dureza de dos semanas de ejercicios durante seis horas diarias.

«Me tenían que hacer todo»

«Tiene gracia, soy zurda y los primeros ocho años de mi vida no me dejaban usar el lado izquierdo, y ahora no hacen más que decirme que intente utilizarlo», vuelve a bromear Marité. Ha dejado atrás los días en que «me tenían que hacer todo: me duchaban, me vestían... era totalmente dependiente». Hoy, hasta se prepara el desayuno «si no tengo -ríe- quien me lo prepare».

La falta de control sobre el propio cuerpo toca el ánimo, despierta ansiedad y temores frente a situaciones como la nada simple tarea de bajar una rampa del garaje. «Un día me caí, y ahora les escapo», apunta. O a cruzar las puertas automáticas de un ascensor. Acompañada, Marité hace no tanto logró bajar los dos pisos de su casa del Agra del Orzán por primera vez desde el ictus.

«Yo me apunto a lo que sea. A mejorar siempre estoy dispuesta», explica sobre su tesón para seguir una rehabilitación que más de una vez pensó podría con ella. «Varias veces dije ‘nunca más, no vuelvo’», confiesa. Pero sí lo hizo y ha reaprendido pasos que llegó a temer nunca repetiría. Como, «levantarme y acostarme sola» o «recuperar seguridad».

«Mejoré muchísimo. Lo mejor de este mundo fue venir aquí, nunca lo dejaré», dice. «Para mí es magia», resume recordando la cara de sus hijas cuando la vieron caminar por el pasillo sin bastón. Ahora, tiene clara su próxima meta: atreverse a dejarlo en casa para salir a la calle.

 

Terapias intensivas, muy exigentes pero con resultados

La denominada terapia intensiva es un método con el que, según los estudios realizados, «se logran mejores resultados», explica Inés Cortés, terapeuta ocupacional de Adaceco. Durante seis horas diarias a lo largo de diez días, el paciente realiza ejercicios de fuerza, coordinación y aeróbicos dirigidos a superar dificultades concretas. «Eligen tres o cuatro tareas de su vida cotidiana, cosas muy reales, prácticas y alcanzables», señala. «No pueden cortar leña o conducir ahora mismo, pero más adelante lo harán en un coche adaptado», ejemplifica mientras recuerda el triunfo que supuso para uno de sus pacientes, de 38 años, poder coger por primera vez de la mano a su mujer después de seis años. En el caso de Teresa, que hasta hace poco apenas salía de casa, «quería conseguir bajar al supermercado sola y cruzar el paso de cebra de su calle».

La terapia intensiva «los agota» y, de hecho, mientras dura se paran el resto de los tratamientos para concentrar esfuerzos. Desde junio han seguido esta terapia diez pacientes, y además del trabajo en el centro de As Xubias, realizan otros en su entorno «porque nos permite mucha más realidad», señala.

«Tienen que venir muy motivados porque es muy exigente y acaban muy cansados. Tienen que trabajar aquí, pero también en su casa, porque les ponemos tareas para su vida cotidiana para evitar la cronicidad y que no tengan que desplazarse siempre al centro», añade Inés. Concluida la terapia, los llaman semanalmente y durante medio año los visitan mensualmente «para corregir o ampliar actividades».

«Trabajamos con gente de 25 y 78 años, gente con total dependencia», subraya sobre la satisfacción de los afectados y de sus familias. Sus objetivos, y sus triunfos, tienen la importancia de poder asearse solos, cortarse las uñas, manejar el mando de la tele o teclear en la tableta.

El nuevo centro de día y rehabilitación se construirá en Eirís

Tras el acto de ayer en María Pita, la presidenta de la Asociación de Daño Cerebral (Adaceco), Carmen Fernández, y la alcaldesa, Inés Rey, firmaron un convenio por el que el Ayuntamiento cede a la entidad un solar en Eirís, libre de cargas, para construir el nuevo centro de rehabilitación con dos modalidades de atención, ya que funcionará como centro de día y ofrecerá terapias ambulatorias.

Manuel García Fantini: «Es imposible morir del todo»

jorge casanova

El neurocirujano opina que es solo cuestión de tiempo que los parapléjicos puedan andar

Espero que Manuel García Fantini (Monforte de Lemos, 1963), acabe su consulta para entrevistarle. Cuando salen los pacientes, los despide con dos besos y me pregunto cuántas veces he visto una escena así. Me respondo a mí mismo: «Ninguna». Fantini, posiblemente el mejor neurocirujano gallego, presume, sobre todo, de ser un tipo muy humano.

-Usted es de esos que no pudo elegir su profesión: médico o médico.

-Mi padre era ginecólogo y tenía una clínica en Monforte. Arriba estaba la vivienda y abajo la consulta y los quirófanos. La atravesaba al entrar y salir de casa. Viví desde siempre la medicina. Mi hermano es médico y otro que falleció también estudiaba medicina.

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