Parada y fonda en el viaje a África

Los charrancitos comunes llegan de paso rumbo a costas africanas


Los he visto muchas veces en pleno viaje sobre las olas, siempre a buena distancia de la costa para no ponérselo fácil a los halcones de los acantilados. Forman entonces bandadas familiares que vuelan con aleteos rápidos, a veces integradas en grupos de otras especies de charranes mayores que ellos. Si a su paso encuentran un tronco o un palé flotantes, arrastrados por las corrientes, a menudo se posan a descansar un rato. Luego continúan.

Su breve tamaño es lo que más llama la atención, tanto en la distancia como cuando los tienes cerca, como me sucede ahora aquí en la ría de O Burgo. Podrían instalarse cómodamente en el cuenco de una mano. Parece mentira que sean parientes lejanos de nuestras corpulentas gaviotas. Ambas estirpes pertenecen al suborden denominado por la ciencia Lari, que incluye además, entre otros, a los araos.

¿Falta mucho?

Uno de los jóvenes de esta familia no para de demandar la atención de sus mayores. Pero estos le ignoran, con una impavidez que no trasluce ni fastidio ni paciencia, sino ese estoicismo con el que, en los viajes más largos, todos los padres aprendemos a sobrellevar el aburrimiento de nuestros hijos pequeños. O su necesidad de comprender cuál es el significado de «todavía mucho». Aún les queda, sí. Más que «mucho». Su destino está en otro continente: van sobre todo hacia las costas de Senegal y Mauritania.

Sin embargo, lo que le sucede al joven charrancito es que tiene hambre. Hasta hace nada sus progenitores todavía se preocupaban de llenarle el pico de pececitos. Ya no. «Ahora eres mayor», parecen expresarle con su gesto impasible, «así que esas protestas no te servirán de nada». Hace dos semanas presencié una escenita similar con una familia de charranes patinegros, como conté en esta misma página.

Empieza el colegio

El colegio de los charrancitos y los charranes es la propia vida salvaje. Sus padres son a la vez sus profesores y sus compañeros. Sus aulas no son otras que la inmensidad oceánica y los refugios que van encontrando por el camino en su viaje hacia el sur. Solo reciben una buena nota: la supervivencia. Para esto los humanos podemos echarles una mano.

Al fin y al cabo, se lo debemos. Muchos de sus lugares tradicionales de cría, y de reposo durante sus viajes, han sido alterados por nuestra mano. Por eso allá donde anidan en la Europa atlántica existen varios proyectos destinados a recuperar sus colonias, con clara tendencia a la baja en estas últimas décadas.

¿Pertenecerán estos ejemplares que tengo ante mí a una de esas poblaciones? Quién sabe. Sea como sea, procuro mantenerme lejos de ellos, para que descansen sin alterarse por mi presencia. En el caso de los mayores, lo que les permita ese joven tan insistente.

VIAJE RÁPIDO

Un charrancito anillado en el sur de Gran Bretaña un 21 de agosto fue recuperado por ornitólogos cerca de Oporto solo seis días después.

COMO UNA PELOTA DE TENIS

Este es el peso aproximado de un charrancito, que llega a vivir, por cierto, más de 20 años. Dos décadas de viajes entre África y Europa, a menudo con parada y fonda en Galicia.

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