Luis del Moral, director de Rubine e Hijos: «Me encanta vender mi ciudad, sé las posibilidades que tiene A Coruña»
A CORUÑA CIUDAD
La consignataria de buques que dirige celebra 150 años de historia en el puerto
15 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Cuesta encontrar empresas centenarias, pero que cuenten con 150 años de historia es algo excepcional que merece una celebración. Así lo ha entendido Luis del Moral (A Coruña, 1964), director de la consignataria de buques Rubine e Hijos, compañía que comenzó su singladura en 1876, que tuvo un papel fundamental en la emigración que partió de nuestro puerto y que ahora, con la sexta generación al frete, es la responsable de la mayoría de cruceros que recalan en la ciudad. Este jueves celebrará una fiesta para clientes y proveedores en el NH Collection Finisterre para presumir de historia: «Hemos pasado por dos guerras mundiales, una guerra civil, infinidad de crisis... Y seguimos ahí», destaca Del Moral.
—¿Y cuál es el secreto de semejante longevidad empresarial?
—Trabajar. No hay más. Siempre he tenido mucha fe en A Coruña. Me encanta vender mi ciudad porque sé las posibilidades que tiene.
—¿Cuándo se hizo cargo de la empresa?
—El 1989 mi padre me pidió que le echase una mano. Yo iba a entrar en una empresa de otro sector totalmente distinto, pero decidí apostar por este proyecto. En 1994 se jubiló mi padre y me senté con mis hermanos para ver lo qué se hacía con la empresa. No había barcos entonces, así que propusieron liquidar la sociedad. Pero una empresa de más de cien años... A mí me daba mucha pena no intentarlo. Así que me puse al frente con la condición de tener libertad para tomar decisiones, no quería discutir con ninguno de mis hermanos.
—¿Cómo fueron esos inicios al frente de la empresa?
—Lo primero que hice fue irme a Southampton, con el inglés macarrónico que manejaba por aquel entonces, a encontrarme con compañías navieras de las que teníamos representación. La primera fue P&O Cruises. Les pregunté por qué sus barcos iban a Vigo y no a A Coruña, y me respondieron que porque conocían a la gente de Vigo, pero no a la de aquí. "Pues ya la conocen, soy yo", les dije. Me llamaron el 22 de abril de 1995 para ver si el 23 de mayo podría entrar el Oriana en el puerto. Cuando volví a sentarme con mis hermanos me preguntaron cómo iba la cosa y les dije que ya habíamos tenido un barco, que con eso no ganábamos dinero, pero que algo habíamos mejorado. Al año siguiente tuvimos nueve. Y al siguiente 19, en 1998 veintitantos... Así, creciendo poco a poco. Tanto creció que para el año que viene se esperan 217 cruceros.
—¿Por qué apostó por los cruceros?
—Tenía claro que si quería meterme en el puerto tenía que encontrar un hueco sin ir pisando a la competencia, porque era muy pequeño. Así que busqué un sector que no le interesase o que no conociesen. Y ese era el turístico.
—¿En qué cifras están actualmente?
—El año pasado atendimos a más de 300 barcos. Uno al día, prácticamente. Pero no solo de pasajeros, también de carga. Son cosas muy diferentes. De entrada, la carga del barco de pasaje habla. Eso implica que tienes que tratarla bien. Somos la conexión entre el barco y tierra, todo lo que el pasajero le pida al barco, este me lo va a pedir a mí.
—¿Y qué le suelen pedir?
—De todo. De entrada, solucionar problemas de todo tipo, y siempre con el tiempo en contra. Encontrar la tarjeta de crédito que un pasajero se dejó en un cajero, sin tener claro el banco en el que fue. O el que se olvida la chaqueta en un taxi, ir con otro a comisaría para denunciar el robo del pasaporte... Incluso me ha tocado acompañar en momentos delicados a alguna familia con un miembro que ha fallecido a bordo. Antes estaba yo solo, ahora somos siete personas.
—¿Se ha encontrado con alguna misión imposible?
—Siempre hemos llegado a todo, y tenemos esa reputación. Desde afinadores de pianos, que es bastante frecuente, hasta alguien que abriese una caja fuerte, pasando por servicios religiosos.
«No entiendo por qué los que vienen en barco pagan una tasa y los del tren o el avión no»
El muelle de Trasatlánticos y en general el turismo de la ciudad, no sería lo mismo sin el papel fundamental de Luis del Moral.
—¿Les ha afectado la implantación de la tasa turística?
—La tengo recurrida en los juzgados. Es que no entiendo por qué si vienes por mar tienes que pagar una tasa turística y si vienes en avión, tren o por carretera, no. Ahí hay un agravio comparativo que no sé a qué se debe.
—No sé lo que supondrán 1,5 euros para un crucerista...
—Pero es que no es un euro y medio. Para un barco como el Arvia, que tiene 6.000 pasajeros, son 9.000 euros. A este barco permanecer en nuestro puerto durante nueve horas le cuesta sobre 40.000 euros. Con todo: amarre, prácticos, la tasa de la terminal... Pues a eso tiene que sumarle 9.000 de tasa turística. Un 20 % de incremento. En total, en un año, son medio millón de pasajeros los que pasan por aquí, es decir, 750.000 euros de tasa. Y te aseguro que el turismo de pasajeros no recibe esa cantidad del Ayuntamiento. Ni la mitad, ni muchísimo menos. Este gran negocio para la ciudad lo hemos montado sin ayudas ni subvenciones. Lo único que pido es que no nos pongan palos en las ruedas.
—¿Hemos llegado al límite de cruceros en la ciudad?
—El año pasado, cuando hicimos 180, ya pensábamos que no podía ir a más. Pero va. Ya tenemos reservas para el 2030. Con el traslado de mercancías al puerto exterior, deberían adaptarse los muelles para recibir turismo. Pero eso es una inversión grande y, por desgracia, no nos han condonado el crédito de Langosteira. Pero seguimos creciendo, el 12 de agosto, con el eclipse, vamos a tener cinco cruceros, cuatro de ellos grandes.