Plaza de abastos de Vilagarcía. «¿Quién es la última o el último?», pido la vez de manera inclusiva. Rosi despacha rapes, merluzas y mariscos. Es mi pescadera de cabecera. En la cola no se habla del tiempo, de La isla de las tentaciones ni de Pedro Sánchez. Se habla de arte. No conozco ninguna cola de charcutería, carnicería o pescadería española, y he pedido la vez en muchas, donde se amenice la espera hablando de una exposición.
Un cliente echa en cara a Rosi que no abriera el sábado, el día de más movimiento en la plaza por coincidir con el mercado. Ella aclara que fue con sus amigas a ver la exposición de Marta Ortega. Una señora revela que ella también fue de excursión a ver esa exposición de fotografía. Estoy maravillado del nivel cultural de la cola. Unas y otros comentan que la exposición de Marta Ortega es tentadora y anuncian su intención de visitarla. Me llama la atención que atribuyan Wonderland a la presidenta de la The MOP Foundation, pero lo entiendo, es más fácil pronunciar Marta que decir Annie Leibovitz.
El puente que acaba de terminar y la Navidad que viene, las excursiones populares se diversifican: las luces de Vigo y las fotos de A Coruña. Viajé en tren a estas dos atracciones. En Vigo, me sorprendió la cantidad de acentos iluminados que escuchaba por la calle: andaluz, catalán, portugués… Los buses urbanos llegaban a Urzaiz cargados de excursionistas locales. «¿Porta do Sol, Gran Vía, Areal?». Parecía una canción de Sabina, pero decidían en qué iluminación centrarse esa noche. En A Coruña me entusiasmó el montaje de Wonderland: la oscuridad como contenedor, la luminosidad de fotos y vídeos como contraste estético. Pero lo que verdaderamente me emocionó fue la pasión por Annie en el puesto de Rosi.