Liliana Ferreiro, la mujer que ayudó a aprobar a miles de coruñeses: «En 30 años como profesora nunca tuve que dar un grito»
A CORUÑA CIUDAD
En 1995 Liliana abrió la Academia Real, en el corazón de A Coruña
07 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La academia es su vida. «Hubo años en los que dábamos clases los sábados por la mañana. A mis hijas las crie aquí cuando eran pequeñas. Es verdaderamente maravilloso trabajar en lo que te gusta y disfrutarlo día a día», asegura Liliana Ferreiro Álvarez, fundadora de Academia Real ( A Coruña), que abrió en esta calle justo hace 30 años. «Entonces estaba de moda ponerle a estos negocios nombres como Séneca o Aristóteles, pero decidí con mi marido, que siempre ha sido mi apoyo, llamarle como el lugar donde está, la calle más emblemática de A Coruña», recuerda.
Dan clases a jóvenes alumnos de primaria, ESO y bachillerato por las tardes y a adultos por las mañanas. Charlamos en la cafetería El Olivo de Alfredo Vicenti en una de las pocas semanas que tiene libre porque mañana empiezan las clases de nuevo. «Hace tres años acabaron con los exámenes de septiembre y nos afectó bastante, tuvimos que reinventarnos. En verano damos clases de técnicas de estudio y refuerzo para alumnos que estuvieron el curso anterior fuera o que las familias creen que pueden tener dificultades y quieren que cojan una buena base. El trabajo, bien guiado, es la clave del éxito», sentencia.
Generaciones de chavales
A Liliana la conocen miles de personas. Además es la banda sonora de la calle Real porque su tono de voz explicando las distintas materias es alto. «Es cierto, pero en 30 años como profesora nunca tuve que dar un grito. Tengo más paciencia con mis alumnos que con mis hijas. Afortunadamente, ellas nunca suspendieron y tampoco tuve que decirles nunca que se pusiesen a estudiar», asegura. La mayor tiene 23 años y cursa Ingeniería Industrial en Vigo y la pequeña, de 16, empieza bachillerato y dice que quiere ser profesora. «Ya veremos. Yo siempre quise dedicarme a esto. Lo de estudiar magisterio era mi única opción. Me presenté a dos oposiciones y obtuve muy buena nota, pero me adelantaron otros candidatos que tenían puntos por experiencia. Mi marido también es profesor y estuvo destinado en varios sitios y ahora es docente en el Fernando Wirtz. Como para mí fue una frustración no conseguir la plaza, decidí montar la academia», rememora. Pasaron por sus aulas en grupos reducidos generaciones de coruñeses. «Noto a los niños de ahora más descentrados. Antes empezaba el colegio y era el centro de nuestras vidas. Ahora, para ellos, es una cosa más junto con las redes sociales. En mi academia los chavales dejan el móvil en una caja a la entrada», resume.
Los libros y las tabletas
Otra de las cosas que más cambiaron en estos 30 años que pasaron desde que abrió la academia es el uso de las nuevas tecnologías. «Creo que, al final, se volverá a lo de siempre. Soy total defensora de los libros y creo que los ipads pueden quedar para cosas concretas», reflexiona Liliana. Está acostumbrada a ver a alumnos que patinan en alguna asignatura, a otros que buscan un refuerzo para no verse en problemas, a chavales a los que aprobar se les hace un mundo, y ella se enfrenta a cada una de esas realidades con una sonrisa y mucho conocimiento. «Leí una frase hace unos años, cuando aún estaba en la facultad, y no la olvido y siempre que puedo echo mano de ella: tú puedes ser lo que desees, solo existe un obstáculo, tú mismo», sentencia. Mañana empieza el curso y esta experta tiene claro lo que hay que hacer: «Trabajar desde el primer día y cada vez que haya una dificultad, solucionarla. Y creo que no es bueno transmitirles mucha presión, como sucede en bachillerato». Lili, como muchos le llaman, tiene 59 años y reconoce que la enseñanza ocupa gran parte de su tiempo. «Cuando no estoy dando clases me gusta leer, pasear y disfrutar de mis hijas, pero reconozco que la academia es mi vida desde hace 30 años». Me pide que nos hagamos una foto. Para esto el móvil es ideal.