La expedición de Loaysa: A Coruña, 1525

José Ricardo Pardo Gato JOSÉ RICARDO PARDO GATO

A CORUÑA CIUDAD

Litografía del XIX que representa la salida de la expedición de Loaysa desde el puerto de A Coruña.
Litografía del XIX que representa la salida de la expedición de Loaysa desde el puerto de A Coruña. MUSEO NAVAL

24 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Toda encomienda, por difícil que esta sea, esconde tras de sí un objetivo final. Si es de tal magnitud que la sola propuesta, por el tiempo y el espacio en el que se formula, reviste tintes de heroica, conocer su génesis resulta primordial a la hora de valorar el resultado obtenido.

La expedición comandada por García Jofre de Loaysa partió de A Coruña el 24 de julio de 1525. El afán no era otro que arribar a las islas Molucas, tomar posesión del archipiélago en nombre del monarca Carlos I y poder acaparar las especias que aquellas tierras atesoraban.

Navegar en aquella época, en pleno Renacimiento, era ya en sí mismo una odisea de resultado incierto. El contexto de la expedición se situaba más en el ámbito de la conjetura que de la certidumbre: la navegación era un arte y la predicción meteorológica se convertía en quimera.

Muestra de ello son los medios marinos rudimentarios de los que disponían, ejemplificados en las siete embarcaciones que la integraron: cuatro naos, dos carabelas y un patache. Con estos mimbres, la monarquía hispánica aprestaba flotas para navegar por el orbe.

Ahora bien, si lo que se pretendía era hacerse con el mercado de la especiería, el resultado no pudo ser más desalentador: ninguna especia llegó a depositarse en suelo español y los portugueses mantuvieron su hegemonía gracias al Tratado de Zaragoza de 1529.

Ni Loaysa, ni Elcano, ni la mayoría de los tripulantes que conformaban el contingente consiguieron su objetivo, hasta el punto de perecer en el intento. Sin embargo, las derivadas que ad futurum provocó esta aventura van mucho más allá de lo que en un principio cabría imaginar.

La descripción de la zona explorada y los conocimientos que sobre la mar adquirió un joven Urdaneta, uno de sus componentes aventajados, le permitieron afrontar el hito crucial en su trayectoria vital: supo intuir como nadie el camino de vuelta desde Filipinas a Nueva España, en una derrota oeste-este, conocida desde entonces como «Tornaviaje». Una absoluta transformación en las vías de navegación que propició, a su vez, el nacimiento de un nuevo enlace de comunicación con afán mercantil: el Galeón de Manila o Nao de la China.

Las embarcaciones tenían como punto de origen Manila, donde se comerciaban valiosos productos que eran pagados con plata mexicana y del Potosí. Desde allí se desplazaban hacia Acapulco y, una vez en Nueva España, la carga era transportada vía terrestre hasta Veracruz. De nuevo, por mar, zarpaban hacia la península ibérica, donde arribaban por lo general a los puertos de Cádiz o Sevilla.

Esta ruta comercial sin precedentes, que se extendió a lo largo de doscientos cincuenta años (1565-1815), comunicaba, de esta manera, tres continentes: Asia, América y Europa.

Pero para que llegara a concurrir esta concatenación de acontecimientos y descubrimientos, todo ello se debió, en cierta medida, a la expedición que partió del puerto herculino en 1525. Una expedición española que, desde Galicia y saliendo de A Coruña, circunnavegó el mundo.