José Manuel Varela, el «doctor» que hacía sonar la campana en A Casiña

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Alexandre Centeno A CORUÑA / LA VOZ

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José Manuel Varela Fariña falleció a los 61 años
José Manuel Varela Fariña falleció a los 61 años CÉSAR QUIAN

OBITUARIO | El hostelero, natural de Cabana, falleció a los 61 años después de haber regentado el emblemático bar de la calle Mantelería durante varias décadas

23 may 2022 . Actualizado a las 12:00 h.

«Que nunca se te olvide dónde hiciste tu primera entrevista a un futbolista de élite». Transcurría el año 1992 cuando en la barra de A Casiña, en A Coruña, con una grabadora de Radio Culleredo como testigo, entrevistaba yo a Arturo Patiño, delantero en aquel momento a caballo entre el primer y el segundo equipo del Deportivo. La frase no la pronunció el entonces futbolista, sino José Manuel Varela Fariña (Cabana de Bergantiños, 1960), regente del mítico bar de la calle Mantelería (el Espumoso para la juventud de aquella época), que falleció en las últimas horas tras no superar un cruel cáncer. 

El Espumoso era un bar de reunión de mañana, tarde y noche en el que, como buen mesonero, Jose daba conversación a todo tipo de clientes. Desde los chavales, que íbamos viernes y sábados a tomarnos litros de cerveza, copas o botellas de espumoso, a los ejecutivos y banqueros de la zona que bebían su cerveza o vino a media mañana. Entre esa fauna de clientes había un enorme grupo de futbolistas del Fabril y del Dépor, que llegaron allí de la mano de otro histórico también desaparecido de la calle de la Estrella, Manolo Sanjurjo.

José, el doctor -apelativo que le quedó porque siempre saludaba a los clientes con un habitual «¿qué te pongo, doctor?»-, era un camarero a la antigua usanza, de los que te escuchaban y te aconsejaban, de los que con una mirada ya sabían lo que te pasaba.

Hace años, pocas horas antes de fallecer mi padre, me llamó para que me pasara por allí a echar un rato. No hizo falta comunicación verbal. Con su mirada me lo dijo casi todo. Solo pronunció una frase: «Qué jodida es la vida Tribu (le tenía motes a casi todo el mundo y a mí acortó el de reportero Tribulete). Pero todos nos iremos. Eso sí. El día que yo la palme, no quiero ni una lágrima, como tu padre no querrá que las derrames por él». Y llegó el día en que se fue, con solo 61 años, pero con unos cuantos amigos que seguro que lo recibirán con un fuerte abrazo. Entre ellos, Pepe Dalton, Manolo Sanjurjo o Pepe Regueira. «A ver, Jose, ¿aquí no se sirve?», le dirán. Una muestra del carácter del doctor es cómo muchos sábados que el ilusionista viajaba de Madrid a A Coruña y acababa en A Casiña se metía con él: «Lo que tú haces no es magia. Magia la hago yo consiguiendo que todos estos (por la numerosa chavalada que bebía en el local) vayan sanos para casa».

Amante del deporte (le encantaba andar y, sobre todo, coger la bicicleta), su gran vicio siempre fue esa Casiña que llevaba, primero con sus padres, Manolo y Mercedes, y su esposa, Andrea, y posteriormente con su hijo, Pablo. Ese Pablito que correteaba de niño entre las mesas y que acabó poniendo tantas copas y cervezas como su padre. Y ese vicio tenía truco. Porque para Jose, lo que realmente le llenaba no era el emblemático local, sino cómo con los años se convirtió en un centro de reuniones de familias. Algunos de los que hoy paran en A Casiña son incluso nietos de los que lo hacían hace décadas. Tal era su grado de cercanía que no faltaba cada pocos meses, como mucho un año, alguna comida con los más cercanos. Nunca era el primero en irse. Eso, desde luego.

Esa unión con su clientela se ve reflejada en las paredes de A Casiña. Fotos de los más famosos que paraban por allí y de los menos conocidos inundan las paredes del mítico local. También emblemas blanquiazules. De hecho, allí se fundó la única peña fabrilista de la historia, La Base, y, posteriormente, se refundó la decana de las peñas del Dépor de A Coruña, La Estrella. Y es que en el Espumoso se respiraba deportivismo desde la entrada hasta el fondo de la barra, la zona denominada Tribuna, lugar reservado para los privilegiados cuando había algún partido importante del Dépor. Esos encuentros que cuando no eran televisados se escuchaban por la radio y en los que nunca faltaban los golpes de campana cuando el equipo coruñés marcaba un gol.

Se fue José Manuel Varela Fariña. El doctor ya no podrá ponernos más de beber. Pero en la calle Mantelería de A Coruña siempre quedará su esencia y la del santo Gorosito, cuya presencia en el bar nunca llegó a desvelar. Hasta siempre, amigo. Y, como ves, todavía me acuerdo de la primera entrevista que le hice a un futbolista profesional. Que suene la campana.