Al Inmenso lo mataron en A Coruña con una catana en una orgía de sexo, alcohol y drogas

Alberto Mahía A CORUÑA

A CORUÑA CIUDAD

Crimen de la catana.
Crimen de la catana. Siro López

Tres mujeres fueron juzgadas por el homicidio del coruñés de 50 años que apareció en el 2003 cosido a puñaladas en su casa y las tres fueron absueltas

05 jun 2021 . Actualizado a las 08:27 h.

Desde que el sol se escondió el 18 de agosto del 2003 hasta que el día siguiente amaneció, todo en ese piso del barrio coruñés de la Sagrada Familia fueron, por este orden, besos, alcohol, cocaína y puñaladas, y muchas más puñaladas. El cuerpo del finado apareció un mes después no porque lo echaran de menos, sino porque a los vecinos les llegaba un olor insoportable cuando pasaban junto a su puerta. Llamaron a la policía y se encontraron el cadáver de Luis P. M. desnudo sobre la cama. Acuchillado por todo el cuerpo, con una catana a un lado y un cuchillo como la espada de un torero al otro, no hacía falta ser Colombo para caer en que aquello era un homicidio. Solo había que buscar quién o quiénes empuñaron el odio.

¿Quién era Luis? «Un verbenas». Con ese calificativo lo definió un policía cuando el periodista le preguntó. Se quedó corto. Cuando se empezó a escarbar en el pasado de este hombre de 50 años se supo que en su juventud era un hombre formal hasta que a los cuarenta dejó de serlo y su vida se convirtió en un camino de cabras. Probó la cocaína, dejó el trabajo e hizo de la droga su sustento y el de todos los que lo rodeaban. Casi siempre mujeres del mundo de la prostitución, a las que invitaba a su piso a interminables orgías que podían durar días.

Abandonado por muchos de sus amigos y negado tres y más veces por los que en procesión desfilaron cuando Luis andaba con la mano suelta, lo apodaban el Inmenso. No por su estatura, que poco levantaba del suelo, sino por la desproporcionada dimensión de su atributo. Se contaron de él cosas feas, pero nadie le afeó su extrema generosidad. Con él, a nadie le faltaba de nada. Sobre todo si enfrente tenía a una mujer extranjera de apellido impronunciable y diminuta minifalda.

Cuando la policía se puso manos a la obra en busca de testigos que pudieran contar con quiénes se veía y qué hacía, los investigadores se encontraron con que traficaba con droga —sobre él pesaba una condena contra la salud pública— y se acostaba con decenas de mujeres. Juntas o por separado. Empezó entonces a cobrar fuerza el móvil de los celos. Sin descartar un ajuste de cuentas por drogas.

Pero un análisis de sus llamadas telefónicas llevaron a los agentes a pensar que el crimen podría tener mucho que ver con aquella copla antigua: «Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero...».

Aunque no era hombre de una sola mujer, paseaba más con unas que con otras. Al final, todas tenían claro que si se sentaban al lado del Inmenso y les ofrecía una copa y una raya, ya sabían que luego les pediría que le cosieran una camisa o que se quitaran la ropa. Las conversaciones derivaban enseguida en si me harías tal cosa o me harías tal otra.

Empezaron a detener o llamar a declarar a mujeres extranjeras del mundo de la prostitución y tres de ellas terminaron en la cárcel porque lo que contaban chirriaba como la puerta de un chamizo. Aunque todas ellas tenían coartada, los investigadores las ponían en duda.

De aquellos testimonios, la policía tuvo claro que la muerte de Luis ocurrió en el transcurso de una orgía y que el móvil fueron los celos. Una fue imputada por homicidio, la otra por omisión del deber de socorro y la tercera por encubrimiento. Todas dejaron su ADN en el domicilio. Una prueba poco sólida si se tiene en cuenta que en aquella casa había más restos biológicos que en los baños de un puerto.