A las diez serán las seis

La maravillosa capacidad de adaptación del ser humano a las circunstancias más adversas no se achanta ante nada. Ni al toque de queda


Cuando éramos jóvenes y el toque de queda lo imponían tus padres, primero, y tu capacidad de aguante, después, volvías a casa a las tantas en una ciudad que se desperezaba ya o que dormía todavía. En días memorables había colas en los taxis, conversaciones eternas camino del portal, había besos a veces y otras no, y aquellas noches se convertían en mañanas de sábado o domingo perezosas, pesadas y largas.

Pero la vida va tan rápido que pasados los taytantos el cuerpo no responde, las responsabilidades no dejan, y el estado de alarma nos ha regalado un toque de queda que a las diez nos manda a todos a casa. No pasa nada, han pensado los más jóvenes, basta con cambiar el reloj. Si ya es absurdo el cambio de hora que nos imponen cada año, este cambio de agujas es digno de estudio. A las diez serán las seis, dijo la chavalada, y así volver a casa una noche cualquiera al filo del toque de queda te devuelve a aquellas madrugadas de hace mil años. Las mismas risas, las mismas conversaciones, las mismas despedidas, el mismo nivel de desbarre y de lenguas patinando.

La maravillosa capacidad de adaptación del ser humano a las circunstancias más adversas no se achanta ante nada. Ni un toque de queda, ni una hostelería que cerraba hace unas semanas a las seis de la tarde. Pero el cambio horario de nuestras costumbres no es territorio exclusivo de los jovencísimos, no. El pasado domingo dos parejas con sus retoños aprovechaban algo de sol en una céntrica plaza. En una mano las chaquetas de los niños, y en la otra una inmensa copa de balón, porque el tardeo es el refugio que nos queda. Cambiemos el reloj y las expresiones. Tardes de desenfreno, noches de ibuprofeno.

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