El reloj del ayuntamiento se paró en febrero del 2020 y entonces no supimos ver que esas agujas congeladas eran un anticipo de que, solo unas semanas después, lo que se iba a detener era el mundo entero por el golpe sin guante de la pandemia. Durante un año, lo único que teníamos que hacer para confirmar que el planeta seguía estropeado era levantar la vista y observar las cuatro esferas del reloj del palacio de María Pita: permanecían silenciosas e inmóviles, como nuestras vidas.

Habrá quien piense que esto fue una simple casualidad. Tal vez. Pero, en muchos sentidos, A Coruña es un resumen de Galicia escrito en apenas 38 kilómetros cuadrados -como esos Quijotes condensados en un sello- y también aquí lo extraordinario es lo habitual. Y nuestras historias inverosímiles, que algunos creen literatura fantástica o realismo mágico, lo único que hacen es describir lo cotidiano de forma minuciosa.

Será también cosa del azar, pero justo unos días antes de Semana Santa, el reloj del ayuntamiento resucitó. La cúpula de María Pita vuelve a dar la hora y, cada 15 minutos, suenan de nuevo las campanadas perdidas.

Mi legendario oído de piedra me impide describir las sutiles diferencias entre el sonido de los badajos, pero a quien todavía no lo haya hecho, le sugiero un espectáculo sonoro que se da todos los domingos, al mediodía, cuando repican una tras otra todas las campanas de las iglesias de la Ciudad Vieja. Basta con abrir de par en par las orejas y caminar bajo las campanadas rotundas y dichosas de la Orden Tercera, las más sobrias de Santo Domingo, las Bárbaras y la colegiata, para bajar luego hasta el atrio de la iglesia de Santiago y escuchar su toque señorial antes de entrar en María Pita y comprobar cómo el reloj municipal ha puesto de nuevo el mundo en hora.

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