El hogar de Richard Strauss

Un reto para la ejecución, del que salieron brillantemente Albrecht, conocedor y minucioso, y una vez más la Orquesta, empática y rigurosa, con todos su solistas, también muy exigidos


Habida cuenta la dimensión instrumental de la obra a interpretar, la Sinfónica de Galicia volvió al Coliseo para su 15.º de abono. Y también hubo público. Dirigió Marc Albrechet, alemán de 1964, la Sinfonía Doméstica, de Richard Strauss (1864-1949).

A los 16 años estrenaba ya su Sinfonía en re menor. El mimado y exitoso joven estaba tan pagado de sí mismo que rechazaba se le llamase Richard II, por cuanto del I, Richard Wagner, nadie se acordaría pasados 20 años. Como profeta, un fracaso, pero como músico, una eminencia. Se consideraba lo suficientemente importante como para protagonizar él mismo o su familia sus propias obras, en tanto que poemas sinfónicos basados en un programa previo. De ahí Vida de Héroe (1898), en el que el héroe, velis nolis, es él. Y siempre recurre a lo externo. Según Karl Kraus «la música de Strauss semeja bañar una isla en la que no habita el compositor», refiriéndose a la subjetividad propia del romanticismo. En la otra cara, su coetáneo Gustav Mahler, en el que Gerald Abraham dice hay más sustancia romántica. El mismo Abraham lo califica de extrovertido, muy técnico y propenso a la descripción de personajes y situaciones. Otros lo motejaron de ególatra y mercantilista. La Sinfonía Doméstica es en realidad un Poema Sinfónico, en el que con un preciso guion se exhibe a sí mismo y a su familia (lo de Beethoven era anhelo en La Consagración del Hogar). Los temas aluden al marido, la esposa y al hijo, la dicha de los padres, los juegos infantiles, el amor y la discrepancia y la reconciliación. Temas sencillos pero sugestivos, envueltos en orquestación colosal, que alcanza al centenar de músicos. Eleva un edificio musical que es orgía sonora de melodías, ingeniosas conjunciones armónicas y tímbricas, expuestas con intimidad o en eclosión instrumental juegos rítmicos, pinceladas, volutas, una urdimbre magistral de uno de los grandes orquestadores de la historia. Un reto para la ejecución, del que salieron brillantemente Albrecht, conocedor y minucioso, y una vez más la Orquesta, empática y rigurosa, con todos su solistas, también muy exigidos. El público aún reducido mostró entusiasmo y agradecimiento al coraje de los músicos. Fue recíproco.

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