Rubén de la Barrera, un «millenial» en el banquillo

El coruñés, que destacó allá donde fue, espera ante el gran reto de su carrera


A las 15 horas y 32 minutos de ayer, las gráficas de Google Trends —la herramienta del buscador que permite detectar tendencias sobre los intereses de los usuarios— marcaban un máximo histórico en las búsquedas sobre Rubén de la Barrera Fernández (A Coruña, 1985). Desde Mountain View localizaban cómo en las direcciones IP del noroeste de España el deportivismo se ponía a estudiar.

No es que el entrenador sea un desconocido. Es evidente que, a sus 35 años —cumplirá 36 el próximo lunes—, su fama es relativa. Solo unos pocos podrán recitar de carrerilla una trayectoria que comenzó en el fútbol base coruñés y que le ha llevado por Zamora, Salamanca, Valladolid, León, San Sebastián y —más recientemente— Catar o Rumanía. No son pocos sellos en el pasaporte para un treintañero. Y sí, otra vez la edad, porque contar sus cumpleaños resulta obvio y obligatorio.

Es evidente que a Rubén de la Barrera la oportunidad de aterrizar en el banquillo del municipal coruñés le ha cogido muy joven. Sería, de hecho, el entrenador más joven en hacerlo desde 1977, cuando José López se puso a los mandos del equipo durante tres jornadas —las que tardó en llegar Arza como relevista— y se convertiría en el veterano del vestuario por los pelos. Le saca seis y ocho meses a Bergantiños y Miku, respectivamente.

Su juventud dará que hablar. Pero no es la primera vez. Su bisoñez no fue inconveniente cuando en el 2010 —con 25 años— llegó a la Tercera de Castilla y León para volar solo desde el banquillo del Villaralbo zamorano. Le tocaba pelear por la salvación del club que lo había elegido para soñar con superar el techo de su historia: clasificarse para la promoción. Lo logró, quedando subcampeón por detrás del Burgos. Al año siguiente, volvió a clasificar al equipo para el play-off. El San Sebastián de los Reyes primero y el Real Madrid C después, privarían a aquel equipo del sueño. Cambio de ciclo: Rubén se fue a Guijuelo y el Villaralbo, sin él, a la Preferente.

Cabeza de león

Ya en Segunda B, pasó dos temporadas en Guijuelo —interrumpidas por una temporada en el filial del Valladolid,— donde logró clasificar al Guijuelo para el play-off de ascenso y la Copa del Rey. Otro éxito como antesala de su mayor impronta en el fútbol nacional.

Cuando el coruñés llegó a León en julio del año 2016, aterrizó en una institución con pasado en Primera División. Breve, eso sí. Una única campaña estuvo el conjunto leonés en la élite allá por 1955.

Veinte años después de aquello, la Cultu descendía de Segunda División iniciando un periplo que parecía eterno —más de tres décadas duró— por el infrafútbol español. Pocos confiaban, más por hábito que por otra cosa, en que la llegada de aquel joven técnico supusiese un cambio de tendencia. 38 jornadas después, la Cultural Leonesa se proclamó campeona del grupo I. La victoria ante el Lorca en la final del play-off lo subió a los altares leoneses. Dio igual que el viaje por el profesionalismo solo durase un año, en el Reino de León siguen las voces que ansían su regreso.

Cola de ratón

Por entonces, Rubén se definía futbolísticamente como un «defensor a ultranza de la variabilidad» y un acólito de la posesión. «Ser capaces de someter a través de la gestión del balón», esgrimía. Era el 2018, tocaba seguir haciendo carrera y pasó por su andén el tren de la élite. Asier Garitano andaba reclutando ayudantes para su estreno en la Real y tocó en la puerta del coruñés. Le dijo que sí, algo que extrañó a muchos que veían contrapuestas sus ideas futbolísticas. Su relación estuvo bajo lupa y cuando decidió abandonar aquella oportunidad, los rumores sobre una relación tormentosa entre ambos se desataron. Mas, cuando el vasco expresó públicamente su sorpresa tras conocer la renuncia de De la Barrera. «No hubo ningún rifirrafe con Asier. Me considero primer entrenador y tenía opciones de ser el primero en algún club», dijo, algún tiempo después.

No le han dolido prendas en dejar un contrato en vigor por intentar mejorar. Dicen que ese desarraigo por la seguridad laboral es un rasgo millenial, una generación que ya asalta un banquillo de uno de los nueve campeones de Liga del fútbol español.

Lo mismo hizo tras su experiencia en el Al Ahli de Catar. Argumentando que añoraba el fútbol europeo, De la Barrera dejó el desierto. Y su marcha del Viitorul rumano —un club propiedad de Gica Hagi que contaba con lo justo para no pasar apuros— también fue precipitada. Se fue de mutuo acuerdo dejando, eso sí, al club en posiciones de poder disputar el play-off por el título. Salvo sorpresa, todo lo aprendido lo aplicará en la aventura más grande que puede iniciar un coruñés.

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