Poca afluencia a los cementerios y pérdidas en las floristerías

Muchos encargos no se recogieron al estar A Coruña cerrada


A Coruña

El cierre perimetral de A Coruña desde las tres de la tarde del pasado viernes, reduciendo la movilidad hacia y desde la ciudad, también se dejó notar ayer, el Día de Todos los Santos, en los cementerios.

La afluencia a los camposantos descendió de forma considerable con respecto a otros años: «Mucha gente de los pueblos y aldeas de la comarca no pudieron venir a honrar a sus seres queridos», dijo Eulalia, una mujer que limpiaba ayer un nicho en Feáns.

De hecho, varias floricultoras se encargaron de atender las demandas de sus clientes que residen fuera de A Coruña. «Colocar las flores en los nichos de algún cliente lo hago todos los años, pero en esta ocasión tuve que atender muchas más peticiones, sobre todo de gente de los pueblos más próximos», contó Carmen, una florista.

Estas profesionales también se quejaban ayer del impacto económico negativo que tuvo en el sector el cierre perimetral de la ciudad. «Lo de vender menos flores ya casi lo teníamos asumido por la pandemia», contó con tristeza Virginia, otra florista. Pero con la entrada en vigor de las nuevas restricciones «esto fue una debacle». El mayor problema fue que los clientes foráneos que habían pedido encargos, centros o ramos, no pudieron venir a recogerlos, «y los tuvimos que tirar o regalar», subrayó.

«Espero que mi madre me perdone, murió de covid y no puedo ir a verla»

Gabriela Consuegra

Llorar en 30 minutos. Así se vive el duelo en el cementerio de San Amaro. El covid impone nuevamente su ritmo, que es de ambulancia y no de funeral

En San Amaro los visitantes caminan con prisa. El protocolo de prevención que restringe las visitas a los camposantos gallegos obliga a los asistentes a llorar a sus seres queridos en 30 minutos. El covid impone nuevamente su ritmo, que es de ambulancia y no de funeral. También prevalece su estética, porque a pesar de la inminencia de las festividades de Todos los Santos y Difuntos, apenas hay gente. El comentario que más se repite es que parece un día de semana normal.

Pequeños grupos y parejas van recorriendo su circuito personal de duelos y recuerdos. Pero, como siempre, hay quien se lleva la peor parte. Es el caso de una enfermera que visita las tumbas de algunos familiares. No quiere dar su nombre ni hablar demasiado porque teme emocionarse. Perdió a su madre en los meses más duros del covid. Cuenta que no pudo ofrecerle la despedida que quería, «el homenaje que merecía», limitados como estaban los funerales a 20 personas. Esta era, quizás, una segunda oportunidad para hacerlo, pero tampoco pudo ser: su madre descansa en un pueblo, a las afueras de la ciudad. En su familia son creyentes, por eso esta festividad «es un símbolo y una tradición». «Sé que para ella era importante», dice, «espero que me perdone, porque no puedo ir a verla. Pero bueno, mi madre lo entenderá...». Y se marcha llorando, incapaz de decir nada más.

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