Y la morriña se convirtió en decepción


¿Cuándo volveré a Galicia?

Decepción, es un sentimiento que se ha apoderado de mí últimamente. A ocho meses de graduarme en enfermería en Navarra, alterno varias presiones: la de terminar mis estudios; la del impacto de la pandemia cada día que pasa, y la de pensar en futuros pasos. Volver a A Coruña se posicionaba como mi primera opción, pero Galicia no quiere responder a mis necesidades y, como escribió el señor Santiago Rey Fernández-Latorre hace unas semanas, yo me declaro harta. Tras casi cuatro años de carrera, quiero potenciar mi vocación. Quiero profundizar mis conocimientos en un área concreta, aportar calidad en mis cuidados, que estos se basen en evidencia científica y que todos los participantes en la atención (equipo, instituciones, paciente y familia) se vean beneficiados. Pero, en toda la comunidad, solo se ofertan dos másteres universitarios (uno Gerontología y otro Atención Sanitaria, Gestión y Cuidados), un doctorado, 77 plazas EIR (en las que no se contemplan dos de las pocas especialidades recogidas por ley) y ni un solo experto. ¿Qué pasa con cuidados intensivos, oncología, anestesia, quirófano, hemodiálisis, cardiología, cuidados paliativos o la investigación clínica? Actualmente si un profesional de enfermería quiere acceder a estos másteres o expertos, debe mudarse a otra comunidad y contribuir así a la fuga de cerebriños. ¿Y nuestros pacientes? ¿No se merece nuestra gente la mejor atención especializada cuando se encuentran en el mayor estado de vulnerabilidad? ¿De qué sirve que se amplíen nuestros hospitales para acoger más pacientes si no va de la mano de la investigación por la calidad asistencial de cada profesión? ¿Cómo vamos a continuar profesionalizando la enfermería, si no se nos reconocen las áreas de conocimiento específicas? A lo largo de este 2020 nos han proclamado héroes con capas, pero la capa no nos va a hacer volar por el aire para llegar bien a quien nos necesite si no sopla el viento bien fuerte. No ayuda que las condiciones económicas hayan dado siempre preferencia a otros profesionales, peleando enfermería con los recortes en personal, material y formación. Nunca me olvido de una enfermera, hace ya bastantes años en Culleredo, que mientras me inmovilizaba un dedo fracturado, se quejaba de los recortes realizados: ya no le suministraban el esparadrapo de toda la vida y me tenía que poner el de recortar, que era complicadísimo de colocar para ella. Lo importante es ser resiliente, adaptarse y tener la voluntad de aprender a colocarlo, le hubiera dicho hoy, en medio del colapso por la pandemia y tras casi cuatro años de carrera. Queridos futuros compañeros, jefes, pacientes y familiares, si no me veis el año que viene por ahí, es porque quiero aprender a hacerlo bien, por vosotros, pero no me voy a rendir. Volveré tarde o temprano para sacar adelante, con vosotros, nuevos proyectos; os llamo a seguir luchando y, como dijo nuestra María Pita, ¡quen teña honra (o vocación), que me siga! Carmela Longo. Pamplona.

 Panorama político

Los últimos barómetros del CIS revelan que, bien sea debido a una escenificación estratégica irresponsable, una estrechez intelectual o una antipatía ideológica corrosiva, el panorama político actual es percibido por la ciudadanía como uno de los mayores problemas que tiene el país. Y tampoco es de extrañar, porque viendo el nivel de las broncas desencadenadas en el Congreso, puede pensarse que la política no está para encontrar soluciones constructivas y equilibradas a los problemas de una sociedad libre y diversa donde prima el bienestar colectivo, sino para destruir e infectar el clima de convivencia democrática. Alejandro Prieto. Gijón.

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