Una isla de calma en plena ronda de Nelle

Los vecinos del pequeño grupo de viviendas que persiste en mitad de esta gran avenida no cambiarían su casas «por otra en ningún lugar en el mundo»


A Coruña

María (prefiere que la llamemos por su segundo nombre) tiene 83 años y está a punto de cumplir 84. La casa donde reside ya era de su suegra, por lo que calcula que la construyeron en los años 40 del siglo pasado. «Así que llevo viviendo aquí... unos 60 años», deduce. Sentada en el salón de su casa, repleto de muebles de ebanistería que ya ningún artesano fabrica, asegura que el inmueble no lo cambiaría por ningún otro en el mundo. «No todos tienen el privilegio de poder vivir en un chalé en pleno centro de A Coruña», justifica. Ella, acompañada por su hijo, confirma que es una de las vecinas «históricas» del reducto de casas que persiste en forma de isla en la cúspide de la ronda de Nelle, poco antes del Ieside, la escuela de negocios de Abanca. A media mañana, con el tráfico en plena ebullición, María rechaza los inconvenientes de estar rodeada por un continuo trasiego de coches: «¿Ruido? Yo duermo toda la noche; sin ruido y feliz». Y su hijo matiza: «Aquí claro que hay contaminación, pero el mismo que hay en todas las ciudades. De todas formas, hay más en Juan Flórez, en Linares Rivas o en la ronda de Outeiro», explica.

Caminos de tierra y barro

En eso coincide Esther Vinyeta, que hace unos años cedió a su hijo Ramón su casa de toda la vida, el número 56A. «Esta casa es una maravilla si estás trabajando, porque está en pleno centro de la ciudad y tienes todos los servicios a mano. Es calidad de vida. Pero al jubilarse mi marido, nosotros dos decidimos mudamos a una finca que tenemos cerca de Betanzos, en plena naturaleza». Defiende que fue y sigue siendo un barrio «muy tranquilo» y que, por las noches y los fines de semana, «apenas hay tráfico».

Recuerda, eso sí, que la ronda era muy diferente cuando llegó a la vivienda con 4 ó 5 años. «En aquel entonces estas casas, que eran de la Obra Sindical del Hogar, no se podían adquirir directamente sino que se alquilaban con opción a compra pasados unos años. En aquellos años este era el límite de la ciudad, el extrarradio, y no había carretera, sino un camino de tierra». Echando la vista atrás, revive cuando ella y una amiga de la casa de al lado jugaban a hacer montoncitos de arena en medio del camino y se sentaban a esperar para ver cuál era el primero en ser aplastado por las ruedas de un coche o un camión. «Y así nos pasábamos largos ratos. Así que imagínate el poco tráfico que había entonces», relata.

Desayuno con churros

Miles de anécdotas de entonces también cuenta Fernando, que con 71 años dice que llegó al número 58 de la ronda de Nelle cuando «solo tenía dos añitos». «Allí viví hasta que me casé. Nos fuimos a la avenida de Finisterre, muy cerca. Pero a día de hoy todavía sigo yendo a la casa familiar, en la que ahora vive mi hermana». Fernando comenta que ya quedan muy pocos de los vecinos «de siempre» y que, cuando se reencuentran, les gusta rememorar «batallitas». «Cuando era niño jugábamos al fútbol en mitad y mitad de la ronda de Nelle. ¿Que pasaba un camión o un coche? Nos apartábamos y después seguíamos a lo nuestro». Dice que Santa Margarita no era parque, sino monte. Que en las inmediaciones construían presas con el agua de manantiales y que en muchas casas se hicieron accesos con cemento para que no se formasen lodazales ante la puerta principal. «Es que era todo barro».

Fernando no para de relatar anécdotas y recuerda que a las 9 de la mañana, todos los días, pasaba el churrero. «Yo creo que era el del Timón, que tenía el puesto en la Palloza, subía por la Falperra y después hacía parada aquí. Era la forma que tenía mi madre de levantar de la cama a ami hermana», dice con humor. Y un poco más abajo, donde se bifurca la ronda de Nelle con la calle San Sebastián, había una plaza de abastos. «Y a las ocho de la mañana ya estaban las pescaderas gritando: ¡parrochiñas viviñas!». Desde luego, eran otros tiempos. Cuando los taxistas, por ejemplo, no subían la Cuesta de la Unión (actualmente Pla y Cancela) «porque como la carretera estaba sin asfaltar nos decían que estropeaban el coche, así que cuando llegábamos de noche del Cine Colón teníamos que subir a patitas».

Más de cien metros cuadrados

Manuel Blanco Rial y su mujer Maricarmen, no llevan tanto tiempo en el número 54A. Explica que arreglaron la casa en el 2012 y que, tras la renovación interior y el cambio de las ventanas, ahora mismo no la cambiaría por nada en el mundo. «Por nada... En pleno centro, con todas las tiendas a mano, y con los vecinos de siempre». ¿Ni por una en primera línea de playa? «Mmm... [Tiene ciertas dudas] Pues no», concluye. Es que son 110 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, con un pequeño patio interior que también puede hacer las veces de garaje. Y aunque se la quisieran comprar, «nadie pagaría lo que vale».

Tanto Manuel Blanco como Esther Vinyeta acometieron mejoras en sus viviendas, pero ambos recuerdan, de toda la vida, comentarios del tipo: «No hagas nada porque, total, estas casas se van a expropiar». Otros no quisieron invertir ante ese runrún que todavía circula. «El Ayuntamiento lleva con este tema desde que yo tengo uso de razón. Pero no tiene ningún sentido que expropien estas casas. En primer lugar porque costaría un dineral y, en segundo, porque no supondría una ventaja para el tráfico. ¿Qué pondrían en lugar de las casas? ¿Más palmeras?», reflexiona Esther. Mientras tanto, la isla de viviendas sigue siendo un elemento singular del paisaje urbano coruñés.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de A Coruña

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
8 votos
Comentarios

Una isla de calma en plena ronda de Nelle