El bus de A Coruña que cazó un jabalí

Una «troupe» de camellos, catedráticos, monjas y chicas de alterne recorre cada noche de arriba a abajo el oeste de España


redacción / la voz

Todas las noches del año, recorren el oeste de España, de arriba abajo, dos autobuses que unen A Coruña y Algeciras. Es un viaje de más de 19 horas en el que puede pasar de todo. Fui muchas noches en ese autocar y he asistido a redadas para detener a jóvenes que se habían bajado al moro para traer hachís, he viajado en compañía de monjas que se trasladaban de un convento castellano a otro gallego y de chicas que cambiaban un club de alterne de Ourense por otro de Sevilla o viceversa. En ese autobús pasan la noche moteros que van a Jerez, esposas de marinos que van a Algeciras y catedráticos de la Universidad de Salamanca que vienen a juzgar una tesis a la de Santiago.

Una noche, viniendo hacia A Coruña, a la altura de la cárcel salmantina de Topas, el autobús cazó un jabalí y aquello se convirtió en una montería popular. El vehículo se detuvo y todos bajamos para asistir al acontecimiento. Eran las dos de la madrugada y allí, frente a la prisión con más etarras en su interior, una tropa de monjas, putas, camellos, profesores, moteros y esposas de marinos mercantes caminábamos por el arcén en compañía de dos conductores uniformados para recoger el jabalí que acabábamos de atropellar medio kilómetro atrás. El caso es que cargamos con la pieza de caza mayor, la trajimos en volandas, la introdujimos en el maletero y seguimos viaje.

Ese autobús hacía una parada técnica de media hora en Puebla de Sanabria a eso de las cinco de la mañana. Aunque fuera invierno, hubiera medio metro de nieve y la ventisca arreciara, nos despertaban a todos y nos obligaban a bajar del autobús para evitar incidentes. Era muy duro: somnolientos, ateridos, sin ganas de tomar nada, entrábamos en un bar triste y nos movíamos como zombis entre máquinas tragaperras y vitrinas ofreciendo navajas multiusos, botas de vinos, castañuelas, sevillanas, toritos bravos y otros suspiros de España.

La noche más extraña

Pero la noche del jabalí fue la más racial y castiza de todas. Entramos en el bar llevando el animal entre varios y lo dejamos en la cocina, donde los conductores encargaron que se lo guisaran para comérselo la noche siguiente, cuando en el viaje de vuelta se detuvieran en Puebla de Sanabria a la hora de la cena. Nos invitaron a todos, pero lamentándolo mucho, declinamos el convite: por primera vez podríamos haber comido bien en un viaje en autobús, pero ninguno regresábamos esa noche.

Autobús y gastronomía, no

El autocar y la gastronomía no casan bien. Las estaciones de autobuses han sido desde siempre lugares envueltos en una suerte de ambiente sórdido y en sus cantinas, salvo excepciones, es complicado comer algo que vaya más allá de un bocata, un plato combinado o un menú del día. Nunca he entendido por qué los aeropuertos son sofisticados, las estaciones ferroviarias novelescas y las de autobuses inquietantes y desangeladas. Conozco media docena cuyos retretes son refugio de chaperos y no olvidaré dos máquinas que había en la estación de autobuses de Santiago y en el aeropuerto de Lavacolla. Eran iguales, las mismas máquinas, pero ofrecían servicios muy diferentes al cliente. En ambas debías introducir cinco duros en la ranura y en ambas debías meter el dedo índice en un agujero, pero la del aeropuerto te medía la salud de tu corazón y la de la estación de buses te medía tu potencia sexual.

Afortunadamente, las cosas han cambiado mucho. Es difícil que el autobús nocturno que recorre el oeste de España cace un jabalí porque circula todo el viaje por autovía, ya no hay máquinas que te midan la potencia sexual por 25 pesetas y se encuentran algunas cantinas en las estaciones de autobuses que son auténticos gastrobares. Precisamente en esos viajes entre A Coruña y Algeciras, el autobús se detiene en la estación de Plasencia y es ahí donde, inesperadamente, funciona uno de los mejores restaurantes de estación que hay en España. Se llama Martina Bistró Parada de la Reina y sirve un tataki de atún Balfegó, un arroz meloso de pato con melocotón y criadillas, una lubina salvaje con suquet de bogavante y almejas o una pluma ibérica de bellota con salsa de cacahuetes, coco y lima para quitarse el sombrero.

Confusión sobre el plato

Sin embargo, por mucha categoría y calidad que tengan los restaurantes españoles, a la hora de servir los productos gallegos, se hacen un lío. La otra noche fui a cenar a esa estación de autobuses de Plasencia y me ofrecieron unas vieiras gallegas al ají limón y albariño. Perfecto, las pedí, pero me avisaron de que no eran vieiras porque ese día no se las habían podido servir, sino vieiras tirando a zamburiñas, ni una cosa ni otra. Repliqué inmediatamente que no existía ningún molusco que fuera vieira tirando a zamburiña, o era una cosa o era otra. Al final, eran unas ricas zamburiñas muy bien preparadas y eso sí, me quedó claro que el maître no me engañaba, simplemente se liaba un poco.

Saliendo de Galicia, en los restaurantes del oeste, los bivalvos son una asignatura pendiente: todas las almejas son de Carril, no se distingue la navaja del longueirón y hay vieiras, hay zamburiñas y hay vieiras tirando a zamburiñas. Eso sí, nadie confunde la carne de cerdo con la de jabalí.

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