Nuestros negacionistas


En A Coruña tampoco nos libramos de los negacionistas. Será cosa de la globalización, que lo primero que globaliza es el dinero y lo segundo, la estupidez. ¿O era al revés?

A veces queremos creer que estos terraplanistas del 2020, que lo mismo te sueltan que el virus es un invento de los chinos compinchados en una conspiración internacional con Gates y Soros que te avisan en un susurro de que el 5G va a controlar nuestros cerebros liberando en la atmósfera no sé que polvillo mágico, son unos seres lejanos, que solo aparecen de vez en cuando por la plaza de Colón o por YouTube.

Pero todos los hemos visto en nuestras calles. Van por ahí alegremente, sacando pecho de que a ellos no hay quién les ponga una mascarilla y que tantas precauciones son bobadas impuestas por las mafias farmacéuticas.

Tampoco es que todos tengan un discurso elaborado. La mayoría, la verdad, lo único que hacen es pasar de todo -más que nada, pasar del prójimo- y van por ahí estrechando manos para demostrar que son unos rebeldes y que las normas no van con ellos. Muchos, en realidad, se vuelven negacionistas al tercer vino del aperitivo, cuando deciden que si la policía hace acto de presencia van a pedir el habeas corpus o acogerse a la quinta enmienda.

A los negacionistas no hay ciencia que les estorbe porque eso de la verdad objetiva y demostrable no va con ellos. Lo triste es que va calando la idea de que todo es cuestión de fe y de voluntad, y que uno puede creer o no en la ciencia lo mismo que se confía en el efecto terapéutico de los cuencos tibetanos.

Vivimos tiempos tan ridículos que, si se sometiese a referendo el teorema de Pitágoras, no tengo ninguna duda de que Pitágoras perdería por goleada.

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