El sistema de medidas coruñés


A veces, cuando paso por la Dársena camino de Correos, me quedo mirando al suelo, a ver si encuentro la dichosa milla de oro, pero lo único que veo son chicles pegados al pavés. Y así descubro qué cruel es la realidad con las metáforas. A la realidad, siempre enfurruñada, le molestan las metáforas, que le parecen frívolas y casquivanas.

A mí la milla de oro me recuerda al metro de platino iridiado que guardaban en París bajo una campana de cristal para que no viniese una corriente de aire a encogerlo. En la escuela nos inculcaban tanto respeto por el sistema métrico decimal que yo, de pequeño, tenía pesadillas imaginando que unos ladrones robaban el metro de platino iridiado de París para fundirlo y aquello provocaba que todas las longitudes del planeta se volviesen locas y cada una medía lo que le daba la gana, y ya daba lo mismo ser Torrebruno que Tachenko.

Como la nueva normalidad es tan rara, ahora leo el BOE, y hace unas semanas descubrí un decreto con la definición revisada de metro, que ya no es la longitud del lingote de platino, sino la distancia que recorre la luz en el tiempo que le lleva a un átomo de cesio 133 hacer sus cosas.

Más que de cesio, aquí somos de cerveza, así que podríamos definir la unidad de tiempo coruñesa como un Parrocho, que era lo que tardaba el portero del Dépor en los ochenta en encajar un gol (unos siete minutos). En vez de litros, usaríamos el tercio de Estrella como unidad de capacidad, un Zara en rebajas (19 grados centígrados) nos permitiría calcular la temperatura y la longitud se mediría en koruños, tomando como referencia la altura de Cañita Brava en la playa del Orzán (un koruño = 1,5 metros sobre el nivel del mar).

Ya me tarda verlo en el BOP.

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