a coruña / la voz

«Santiago es la bondad en persona. Da, da y da, y algún día tiene que entender que eso no le ayuda ni a él ni al otro», dice la trabajadora social Marisa Pardal, a su lado, antes de apostillar: «Claro que yo prefiero que mi padre, mi hermano, mi novio o mi amigo sea Santiago y no el otro. Tan bueno que parece bobo, lo prefiero». El otro es un compañero de piso, el único al que conoce de los tres con los que comparte techo, que a pesar de cobrar lo mismo que él, un subsidio de desempleo para mayores de 45 años que en un par de meses se le acabará, siempre le anda pidiendo. Y Santiago Díaz Soto (A Coruña, 1969) le da. «Procuro tirar de él, le dejo dinero, pero la relación va a peor», cuenta este hombre que durante 25 años vivió en caída libre y fue capaz de recuperar el mando. Está en ello. «Mido 1,82 y cuando llegué aquí [a la sede de Utaca en el Birloque, la antigua asociación de ex alcohólicos] pesaba 40 kilos», recapitula. Desde su adicción al alcohol a los 12 años en una familia de postín, los cuatro hermanos en el colegio Santa María del Mar, la muerte de la madre, la que centraba la familia, el abandono uno tras otro del puesto de trabajo (Artús, Froiz, Casa Claudio, Alcampo...), una pareja rota y la etapa final que lo llevó a vivir en la calle, entre las rocas de la Domus, los bajos del Millennium y un banco de Santa Margarita. 

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De una familia de armadores a dormir debajo de un banco en Santa Margarita