Ahora que hemos aterrizado en la tercera fase, y que afortunadamente hemos superado la etapa crítica de esta primera embestida de la pandemia, tal vez haya llegado el momento de reflexionar sobre qué papel ha jugado cada uno en esta extraña e inesperada contienda.

Como en todos los episodios de la vida, frente a una situación compleja caben varias respuestas que, a trazo grueso, nos dividen a los implicados en varias categorías. Primero están los que ayudan; luego vienen los que no ayudan, pero por lo menos no estorban; y ya por último están los otros. Por supuesto, cada uno de estos apartados se puede afinar todavía más y diferenciar en este catálogo de urgencia a los que siempre están de los que habitualmente no están, pero que aparecen cuando se les necesita. Pero esos ya son detalles menores.

Lo importante ahora, creo yo, es reconocer a todos esos ciudadanos que durante estas semanas difíciles le devolvieron a la palabra ejemplar su auténtico significado, ese que a menudo se nos olvida porque hay quien secuestra los conceptos para utilizarlos como arma arrojadiza. Y en A Coruña, desde ese silencio majestuoso de quien hace lo que es justo solo porque cree que es lo correcto y no porque haya nadie mirando para aplaudir, han sido muchos los anónimos que han trabajado por los más desfavorecidos cuando la cosa se ponía realmente fea. Lo cómodo, en esas circunstancias, era meterse debajo de la cama a esperar a que amainase mientras con una mano se tuiteaban críticas sin desbastar y, con la otra, se iba cambiando de canal en la tele.

Pero lo cómodo no suele ser lo justo, y por eso siempre hay quien se distingue -aunque no sea lo que busque- poniéndose del lado correcto de las cosas. Pienso, entre otros y perdón por los olvidos, en las buenas gentes que mantienen en marcha la maquinaria de la Cocina Económica, del Banco de Alimentos Rías Altas, de Padre Rubinos o de la Cruz Roja. Mientras la mayor hazaña que hicimos muchos fue quedarnos en casa, hubo quien se acordó de quienes ni siquiera tenían casa en la que quedarse.

En otros lugares se han pasado la cuarentena tirándose a la cabeza cacerolas y tuits, como si sobrasen tiempo y recursos para ocuparse de los que más nos necesitaban, así que podemos sentir un cierto orgullo de que aquí los políticos también han estado a la altura y en María Pita han sabido aparcar las discrepancias para ponerse al servicio de los ciudadanos y de las instituciones que cada día ayudan a nuestros vecinos más vulnerables. Para ciertos paladares seremos demasiado tibios y mesurados, pero A Coruña no es la ciudad nerviosa con la que algunos sueñan.

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