La alta sensibilidad de las minúsculas

Celso Castro vuelve a hechizarnos con «las brujas», ahondando en la herida de un narrador inteligente e incómodo que no abandona A Coruña

El escritor coruñés Celso Castro
El escritor coruñés Celso Castro

A Coruña, que saborea al fin la experiencia de abrir libros nuevos, vuelve a abrirse a la vida en minúsculas, la que va por dentro y a veces se sale por fuera, sensible, intensa, violentamente sobrecogedora, en la última novela de Celso Castro (A Coruña, 1962), afinador del lenguaje de la adolescencia.

El principio no es principio, la historia nos sorprende ya empezada, con rebeldía en la forma y en el tono. Es como si llégasemos tarde y mal: «Y a veces, y también quiero que lo sepas, a veces te juro que te odio, porque me utilizas, es lo que siento. y me desagrada...». Incomoda, no hay sorpresa para quienes han caído en libros como entre culebras y extraños o sylvia, pero la incertidumbre es roedora desde el comienzo de las brujas. Habla esa voz emocional y ortográficamente anómala que distingue al narrador de los relatos con pulso de poesía de Celso Castro, con sus emociones como labios o espadas, con sus puntos suspensivos, una voz que habla ahogándose, increpándote, y es el paisaje más atractivo y desolado, el abismo en las novelas del autor de las minúsculas. Vuelve el narrador que pasea cabeza por A Coruña, elevándose y cayendo, hurgando en heridas extremas, grotescas, que acaban siendo familiares.

En las brujas aumenta la oscuridad y la sensación de indefensión que teníamos en sylvia. Esta es mejor, más valiente y oscura. Hay, de nuevo, ausencias, padre, celos, enfermedad y deseo, vínculos que aturden y acaban por confinarnos en el palomar de un desapego frenético como forma de conducta. Hay, de nuevo, un nombre de mujer con minúsculas (lorena) que domina el oído del lector. A lorena conseguimos verla mejor, con mayor claridad y mejores ojos, que al resto de las personas y fantasmas que habitan las brujas, que son mujeres capaces de enderezar o malograr el destino de un hombre, de un chico sin nombre que vive en un cuarto al que llaman palomar (sin padre, con el desafecto de la madre y el hermano mayor, con una cultura valiosa pero incapaz de sanar su vida, su dependencia).

«... mi ciudad estaba tan hermosa que yo también podría morirme ante tanta belleza, o desmayarme como proust...». Deberían ver cómo termina esta frase.

Es imposible no amar A Coruña leyendo las novelas de Celso Castro, como es difícil desentenderse de esa alta sensibilidad que se atreve a contar lo que no se debe. «¿Qué es un hogar / sin somníferos?», se pregunta el narrador sin nombre. Este lenguaje arde, horada el pánico y supera el miedo a la verdad. A su manera. Singular, propia, políticamente incorrecta.

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