Si Woody Allen hubiera conocido O Portiño

Portiño
Portiño

En los días en que Coruña no es Brighton y le da por amanecer con un sol cegador y un nordeste que nos reconcilia con el mejor Atlántico, con el paseo marítimo a tope, con la gente jugando al balón en la arena y los niños correteando por la orilla pienso que vivo en una ciudad de película. De pronto suena una musiquilla que me acompaña a ritmo de samba y el guion sale con la alegría de una ciudad en la que, aunque algo se tuerza por el fracaso de un amor o un chanchullo de poca monta, el calor y el viento arrasan con cualquier atisbo de mala sombra. Me puedo cruzar con Brad Pitt o George Clooney en camisa hawaiana y me encajan en este decorado en que se rueda la imagen de una Coruña festiva, con cierto aire canalla, pero abierta a los finales felices. Esto no es Sunset Boulevard, ni asoman los casinos de Las Vegas, pero la peli sale sola con ese brillo del horizonte despejado.

Cuando chispea el orballo de esos días terribles de verano en los que se hace invierno de pronto, con la niebla espesa que apenas deja ver las luces de los coches que vienen de frente, y de camino a Sabón se asoman las chimeneas enormes de la Refinería mayúscula, con esa gigantez que da miedo, entonces pienso en que el guion me sale tipo Ken Loach. Y arranco la película en el desasosiego de una familia de clase trabajadora que madruga en la honestidad de la rutina. En un desierto de dificultades que ahoga ese hormigón industrial que nos fabrica en serie. La peli me sale dura, se me encoge el estómago, pero pienso que esa es otra parte de Coruña. Está, pero no se quiere ver. Vive oculta.

Me he montado películas en casi todos los rincones fisgando lo que habrá detrás de un ventanuco de cualquier casa baja de Labañou o de las cuadriculadas galerías de la Marina, en esas vidas que darían para un guion de serial, de historias cruzadas, en las que el dinero determina los destinos y enmaraña las familias. Se emponzoñan los amores y cruje la felicidad. Fin.

Sin embargo, cuando camino hacia O Portiño en ese luscofusco que regala mágicamente este mayo renovado, pienso en que si Woody Allen no hubiera nacido en Brooklyn y le tocase haber nacido en el Agra, bajaría como yo la ronda de Outeiro a toda prisa buscando cómo filmar ese final en el que él le pasa el brazo por detrás del banco a ella mientras miran de frente al mar. Y elegiría el finisterre sobrecogedor del Atlántico de O Portiño, con esa puesta de sol rosada, violeta y anaranjada que solo hay en Coruña para hacerle un homenaje a mi ciudad. Ya sé que no es el Atlántico de Nueva York, que no es Battery Park y que yo no soy Diane Keaton, pero aunque pueda sonar a ficción, a mí me gusta esta realidad que tengo cada día delante cuando a las ocho y media se baja la luz, se va oscureciendo y como en el cine, comienza una película preciosa dentro de mi cabeza que termina siempre mirando al mar.

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