«Hai quen non ten que comer»

El estado de alarma ha generado una reacción de solidaridad ciudadana ya imparable


a coruña / la voz

Es difícil resaltar el lado positivo de esta pandemia, pero existe. Las cifras de víctimas y de la economía son la cara B de una crisis que ha reactivado los lazos sociales de colaboración ciudadana. El continuo goteo de donaciones tanto de empresas como de negocios o particulares así lo atestiguan. También el número de voluntarios, tanto en A Coruña como en el área, que se han sumado a llegar a donde las instituciones no lo hacen o prestar su apoyo para que estas ofrezcan nuevos servicios.

Iniciativas como los Grupos de Apoio Mutuo (GAM) de A Coruña son un ejemplo de cómo la sociedad civil se organiza para dar respaldo a una nueva realidad que ha multiplicado a los ciudadanos vulnerables. «Hai persoas encerradas que non teñen que comer, é o que nos atopamos dende o grupo de emerxencia alimentaria», explica Marta Cortacans, integrante de los GAM, un movimiento que se ocupa de prestar apoyo a los desheredados.

Los makers y las costureras son otras de las nuevas profesiones a reivindicar, ya que han venido a suplir las carencias de material por parte de las Administraciones, incluso entre los que tenían que vérselas con los infectados frente a frente. Entidades como el Banco de Alimentos, la Cocina Económica, el albergue de Padre Rubinos, Cáritas, la Cruz Roja o Renacer son algunas de las que están en primera línea de un frente que se agranda con el paso de los días y la reducción de las cuentas corrientes.

Si los sanitarios son los primeros en dar respuesta a los afectados por el covid, en las calles la referencia estos días, junto a los empleados de los servicios esenciales, son los cuerpos de seguridad, que redoblan esfuerzos en el control y desinfección, pero también en dar apoyo y ánimos a una ciudadanía a la que le está pesando el confinamiento. Manel Martínez, policía local de Cambre, cree que su labor se ve recompensada porque la «sociedad asumió el compromiso con la adopción de las medidas contra el coronavirus con voluntad, responsabilidad y paciencia».

«Sobrevivir sí, pero crecimiento cero»

Yoan Rodríguez Roque (Cuba, 1983) está estos días reformando un bajo frente a La Terraza en Sada, el municipio de donde son sus padres. Lleva en Galicia 14 años, es autónomo y se dedica a las reformas. «Colaboro con otros autónomos, aquí estamos trabajando dos, no tenemos más encargos, teníamos un edificio en A Coruña, pero no se permite trabajar en los que están habitados», apunta.

El estado de alerta frustró sus planes. «Íbamos a comprar tres furgones eléctricos, ya teníamos apalabrado un descuento y nos echamos atrás. No podemos hacerle frente ahora mismo», indica.

Reconoce que no ha dejado de pagar nada, pero puntualiza que a partir del mes que viene no tienen contratada ninguna obra nueva y se tendrá que replantear el negocio. «Mi perspectiva es de sobrevivir sí, pero de crecimiento ninguno, cero», indica y reconoce que no será el único. «Ninguno de los tres vamos a invertir ahora en nada», apostilla antes de indicar que su opción será esperar. «Como hacemos un poco de todo, nos quedamos un poco con el mantenimiento, averías», dice poco esperanzado en una solución rápida. Considera que sin vacuna, el covid-19 no se solucionará a corto plazo y estima que con «la incertidumbre social va a ser imposible que la gente invierta y es de lo que nosotros vivimos», admite.

«La gente tiró de ahorrillos, después va a ser peor»

Rosmary Méndez Díaz (Caracas, 1973) llegó hace 28 años a Galicia, donde nacieron sus padres. En julio del 2019 cogió el traspaso de una panadería en la avenida Che Guevara de Santa Cristina. Pese a no perder la sonrisa, le da a la cabeza sobre la evolución de las ventas desde el estado de alarma. «En Pascua los roscones no salieron, de normal se vende mucho y fue el pico más bajo», explica, cifrando la caída en este tiempo, al menos, en un 10 %.

Ella atiende el negocio y cuenta con una empleada que le ayuda el fin de semana. «Por el momento está todo igual, yo creo que ahora no se nota, pero no sé qué pasará cuando la gente lleve tiempo», indica con cierta preocupación. «La gente ha ido tirando de los ahorrillos y de las cosas, pero yo creo que después va a ser peor y al que no le llegue, irá a comprar pan congelado. Ojalá me equivoque, pero eso creo que será», dice, mientras una clienta la piropea: «Pon cosas buena de ella, que es la que nos anima en el barrio, es una crack».

Rosmary pidió un préstamo para hacerse con el traspaso, en enero comenzó a pagar las cuotas y asegura que por el momento no teme demasiados problema en ese sentido. Tiene una niña de ocho años y vive en A Coruña con sus padres, de 81 y 76, a los que les cuesta no salir a la calle, pero a los solo les permite ir a por sus medicinas.

«As intervencións baixaron moitísimo, un 70 ou 80 %»

José Manuel Pérez Abrodos (Betanzos, 1973) es el sargento jefe del parque comarcal de bomberos de Betanzos, una infraestructura cerrada estos días a todo el personal externo, en donde los 17 profesionales que allí trabajan han variado el modo de reunirse y en donde además de atender emergencias se ocupan de la desinfección exterior de la cárcel de Teixeiro.

«As intervencións baixaron moitísimo, un 70 ou 80 %, a día 24 deste mes levamos seis e, por exemplo, en xaneiro tivemos 32 e en febreiro 36», comenta y lo vincula al confinamiento.

Siguen el procedimiento interno enviado por el Consorcio de Bomberos: guardias fijas, limitación de actividades dentro del parque y mucha desinfección. «Con todas as medidas que temos é imposible contaxiarse, no parque non hai nerviosismo, pero cando vas a unha intervención vas con todas as prevencións, non sabes o que podes atopar, levamos traxes de categoría 3, máscaras con filtro, e temos material». «A situación é normal, pero atípica», reconoce y cree que esto «se acabe máis tarde ou máis cedo vai depender de todos».

«Véxoo cru, traballamos moito para fóra»

Fernando Díaz Pita (Oleiros, 1977) vive en Fonteculler y trabaja para Climagal, una empresa con una treintena de trabajadores ubicada en Carral. La firma se dedica a trabajos de climatización industrial. A él el estado de alerta lo pilló en París, ya que la marca cuenta con numerosos contratos en el extranjero.

«Fomos afectados polo ERTE, estamos todos os traballadores fóra, agás os xefes que se preocupan por nós. O futuro véxoo cru porque nós traballamos por toda España e por fóra e ata que abran as fronteiras non poderemos saír», considera y estima que el expediente de regulación temporal le ofrece garantías. «O ERTE paréceme ben, a xente non perde dereitos», indica. «Economicamente véxome para resistir», explica un hombre que continúa, ahora con más tiempo, realizando labores de voluntariado como vicepresidente de Protección Civil en Culleredo. «A miña muller está contenta con que faga algo bo para os demais», revela y apunta que el perfil de la gente a la que prestan ayuda son, sobre todo, mayores y personas sin recursos.

«Temos traballo porque o transporte é algo primordial»

Bruno Díaz Requeijo (Ferrol, 1984) vive en Ferrol y trabaja desde hace tres meses como conductor para TB Noroeste, asentada en el polígono de Bergondo.«Non tivemos parón, non parei dende que empezou isto», apunta mientras espera que le carguen el camión.

«Nós temos traballo, penso que o transporte é algo primordial, esencial e non vai a parar. Se para o transporte, malo, porque non habería quen leve a comida aos sitios, nin medicinas e eu aínda fun hai nada ao materno a levar material», explica.

Sin cargas familiares, cree que en su caso «as perspectivas son boas». En la anterior crisis, se fue del país por la situación económica. Pasó dos años trabajando en Gales, en el Reino Unido. Fue una experiencia buena, pero volvió «porque a familia, os amigos e a vida están aquí», comenta. Regresó en el 2016 y apunta que notó la recuperación, que «se movía algo máis».

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