Las epidemias de peste del siglo XVI

Ya entonces el Ayuntamiento decretó medidas de aislamiento para tratar de proteger a los coruñeses


A Coruña

La peste volvía, una y otra vez. Desde 1348 se había convertido en recurrente, llevándose a miles de muertos. Nadie entendía por qué, más allá de considerarla un castigo de Dios por los pecados cometidos. Unos hablaban de la putrefacción e inclemencias de los aires, otros de las influencias de los astros o de extraños fenómenos terrestres, para algunos se debía al contagio. Nada sabían del bacilo responsable (el Yersinia pestis será descubierto en 1894), nada sobre la intervención de pulgas y ratas negras en su transmisión, pero sí sabían que la traían las personas y telas infectadas, que eran más frecuentes en años de desnutrición por la esterilidad o ruina de cosechas, y que se manifestaba con bubones en las ingles y axilas, muriendo la mayoría a los pocos días.

Numerosas víctimas

En el siglo XVI fue casi endémica en toda Europa. En Galicia hubo pestes intermitentes en

1505-1507, 1525-1531 y 1563-1573, con un pico de gran intensidad entre 1569 y 1570; después reapareció en 1576-1579, y de 1596 a 1602 se extendió la gran epidemia llamada por los historiadores «peste atlántica» porque se inició en Santander procedente de Flandes, causando más de medio millón de víctimas en la Corona de Castilla.

Todas ellas, con mayor o menor intensidad, afectaron a la ciudad de A Coruña, provocando muertes, terror, exclusión de los contagiados, huida de sanos y autoridades (los miembros de la Real Audiencia escaparon en 1569 a Ourense), parálisis social y ruina.

Aislamiento gradual

En cada ocasión, las autoridades locales lucharon en solitario contra la pestilencia. Las actas municipales, conservadas en el Archivo Municipal coruñés y estudiadas por el historiador Ismael Velo, recogen las prevenciones que aplicaban. Conocida la existencia de la peste en algún lugar se procedía a un aislamiento gradual, prohibiendo la entrada de las personas procedentes de las zonas infestadas «so pena de cien açotes».

Para garantizar su cumplimiento se ponían guardas en las puertas del Orzán y de la torre en la cerca del frente de tierra (hoy Juana de Vega) y también «una bandera con guarda» en «un paridón blanco» en el campo de Sancti Spiritus (hoy zona del Hospital Militar) para avisar de los barcos e impedir que descargasen sin ser examinados.

Al borde del contagio, se prohibía la entrada de enfermos o muertos «a enterrar ni curar a la çibdad», so pena de fuertes multas.

Una vez dentro, el «alguacil de la peste» realizaba visitas diarias a las calles para informar de dónde había casos. Los enfermos pobres eran trasladados al hospital de San Andrés o a cabañas de madera construidas exprofeso, donde se les daba de comer y se intentaba curarlos con sangrados, hechos por los barberos, y tratamientos de médicos y boticarios pagados por el Ayuntamiento. Las casas infestadas se tapiaban y sus moradores eran expulsados de la ciudad.

Los abundantes muertos registrados -en el año 1569 «se morían a veinte y a treinta cada día»- eran sepultados a cargo también del Ayuntamiento, quemándose su ropa. Una vez pasada la epidemia, se daban gracias a los santos protectores San Sebastián y San Roque, al que se le hace en 1576 un voto comunal en su ermita.

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