La conspiración coruñesa para la rebelión

A comienzos de 1820, militares y paisanos liberales planificaron en secreto la toma del poder en Galicia


a CORUÑA / lA VOZ

«Repeler la fuerza con la fuerza, o determinarse a vivir en la servidumbre». Ese era el dilema. Y así lo expresó el capitán y escritor liberal José de Urcullu, oficial de la Secretaría de la Capitanía General de Galicia, en su Relación histórica de los acontecimientos más principales ocurridos en La Coruña, y en otros puntos de Galicia en febrero y marzo de este año, con el objeto de restablecer la Constitución política de la Monarquía española, publicada en 1820. Su testimonio nos permite reconstruir lo que sucedió. 

En A Coruña muchos comerciantes y militares no soportaban el gobierno absoluto del rey Fernando VII. Lo habían intentado en 1815 con el pronunciamiento liberal de Porlier y, a pesar del fracaso y ahorcamiento del general, perseveraron aún en sus ideales.

En 1816 algunos oficiales, entre ellos el coronel de artillería Carlos Espinosa, fundaron la logia masónica Los Amigos del Orden, manteniendo reuniones secretas y entablando relaciones con otras logias para seguir conspirando. Nada pudieron hacer, pues las sucesivas intentonas liberales en España fracasaban al poco de empezar.

En medio de este creciente malestar, el 1 de enero de 1820, en Cabezas de San Juan, Sevilla, el teniente coronel Rafael del Riego, miembro del ejército destinado a sofocar la sublevación de las colonias americanas, se pronunció y proclamó la Constitución de 1812.

Al día siguiente el coronel Antonio Quiroga, de Betanzos, secundó su acción en la Isla de León (hoy San Fernando), Cádiz. Pero la rebelión no se extendió y la columna de Riego se mantuvo, cada vez más disminuida, en Andalucía perseguida por los absolutistas.

Conocidos los hechos, en A Coruña los conspiradores liberales no lo dudaron y decidieron acudir en auxilio de Riego. El tiempo urgía, pero debían actuar con sigilo, formar «juntas clandestinas», «contar con muchos», y que «todos fuesen decididos e impertérritos».

Como el gobierno sospechaba que algo se tramaba, el 29 de enero mandaron que el general Francisco Javier Venegas, marqués de la Reunión, de licencia en Madrid, se reincorporase a su cargo de capitán general de Galicia. Lo hizo de mala gana, tenía 65 años y le sentaba mal la humedad. Su regreso fue visto con temor, pero también como una oportunidad.

El 20 de febrero a la tarde, el general Venegas llegó a la ciudad herculina. Esa noche, los conspiradores se reunieron. Hubo junta de oficiales para ultimar el plan. Tenían «apalabrados» a «paisanos de la ciudad y pueblos inmediatos» y confiaban en que «todo el pueblo los sostendría», pues creían que «la voluntad general deseaba ardientemente el gobierno constitucional».

Acordaron que el rompimiento se haría a plena luz del día, a las doce, hora en que todos los jefes y oficiales se reunirían en Capitanía para cumplimentar a Venegas. En el instante en el que se diese la voz, los que se opusiesen serían detenidos. Al mismo tiempo, en la plaza se concentrarían paisanos armados para dar apoyo al grito de «¡Viva la Constitución!».

En Ferrol, Betanzos y Vigo esperaban para secundar la acción de los coruñeses. La suerte estaba echada.

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