Diego Bello será enterrado este miércoles en Pastoriza

La sala del tanatorio Alvia, en A Grela, está abierta desde la una de la tarde


A Coruña

El cuerpo de Diego Bello llegó esta pasada madrugada a A Coruña. Un coche fúnebre lo trasladó desde Madrid después de que ayer se le practicara la autopsia en el Instituto Anatómico Forense de Madrid. Los restos del joven empresario asesinado en Filipinas están siendo velados en el tanatorio Alvia, en A Grela. El entierro tendrá lugar mañana miércoles, a las 16.00 horas, en el cementerio de Pastoriza, en Arteixo.

La Audiencia Nacional, que es quien asumió la investigación por su muerte, pidió esta segunda autopsia ahora que el cadáver está por fin en España y «con todas las garantías». Ya se le había hecho una primera autopsia en Manila, incluso con presencia de una comisión de Derechos Humanos ante las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del coruñés. En un primer informe los agentes dijeron que respondieron a los disparos de la víctima cuando fue sorprendida vendiendo droga a dos consumidores. En cuanto la embajada española y los amigos de Diego en la isla empezaron a presionar y a poner en duda esa versión, ampliaron el atestado añadiendo que se trataba de un narcotraficante «de gran valor» y que lo estaban siguiendo desde hacía tres meses hasta que le tendieron una trampa. Algo que los conocidos de Diego Bello han negado siempre tajantemente.

«Ahora que tenemos a Diego en casa, ya podemos hablar y pedir Justicia»

Alberto Mahía

España había pedido «prudencia» a la familia para que el Gobierno filipino no ralentizase la repatriación del cuerpo y ahora los anima a denunciar y pedir responsabilidades

Cuando a la familia le dieron el golpe más brutal de su existencia anunciándoles la muerte de Diego Bello a miles de kilómetros, con ese dolor del que jamás se librarán, sacaron fuerzas de no se sabe dónde para limpiar el nombre del joven empresario coruñés y dejar muy claro al mundo que se había cometido un asesinato. Con los padres rotos y desolados, su hermano pequeño Bruno y su tío Francisco Lafuente, incapaces de secarse las lágrimas allá por donde iban, asumieron el duro trabajo de pedir justicia. En cuanto les contaron cómo lo habían matado y les expusieron las «inverosímiles» razones que daba la policía filipina, lo primero que sintieron fue gritar a los cuatro vientos que los autores pagasen por ello. Querían que todo el planeta supiera que Diego era otro extranjero asesinado por la corrupta policía de aquel país bajo pretextos espurios. Pero les pidieron calma.

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