Cantinas entre noches mágicas


Noche Buena y Noche Vieja. Así se las conocía antaño. La primera siempre fue de paz y en familia. La segunda era la víspera del primer baile en el salón Miramar. Si, aquel hermoso caserón de bancos azules y ventanales que miraban hacia La Concha y Anxuela, dejando entrar los haces de luz -señal marítima de posición- desde el viejo faro inaugurado en 1864.

Entre ambas noches, los viejos lobos de mar, solían repartir el día como era costumbre. Mirar el estado de la mar y los cambios del viento. Dar un paseo hasta los amarres de las lanchas motoras para cuidar de ellas. Jugar una partida en torno a un «completo», es decir, café negro de pota, copa de coñac y una Faria de A Coruña. Las manos cortadas por el salitre sabían barajar los naipes o revolver las fichas del Dominó. En la barra, como si del puente de un buque se tratara, Marcelino Díaz, de pelo rizado, controlaba el semblante de sus parroquianos. Mientras aguardaba la llegada de Peto, aquel marinero de su máxima confianza, que traía puntualmente la marea de camarones y centollos.

Darío Baltar Baltar y su esposa Amadora Paleo atendían el negocio de harinas, aguardientes, vinos y demás productos propios de un colmado. Muy cerca de la casa de sus cuñados, el capitán Escandell y su esposa Ana Paleo, con sus dos hijas -las catalanas- Ana y Teresa. Y es que en el callejón que nace en la plaza del Lugar y baja camino de La Caosa, hay ambiente con olor a chicharro lañado.

El señor Antonio Rey y la señora Lola Camba, que procedentes de La Venta se han instalado en San Ciprián, atienden a los parroquianos desde un caserón que limita la carretera con Los Campos, dónde se desarrolla la actividad del puerto en As Figueiras. Sus hijos Esperanza y Cándido se han instalado por su cuenta. Es lo que se conoce como nuevos industriales comerciantes de Santa María de Lieiro o San Ciprián.

En esas noches finales de año y de diciembre, se pueden escuchar toda suerte de historias en torno a una taza de viño quente. Y así, en una de ellas alguien discutía que no había mujer más hermosa que una Galerna del Cantábrico...Con los años, descubrí que era cierto. Peligrosamente hermosa...

Todavía quedan cantinas dónde xentes do país con muchos años de mar, hoy jubilados, se les encienden los ojos cuando alguno de los parroquianos saca a relucir recuerdos de naufragios. Esa simbólica cruz en un alto de la playa de Area Grande- Peto de las ánimas mareantes- en San Román del Valle, con los nombres de aquellos jóvenes veraneantes-1957- que a bordo del Drákula se fueron a pique; mismo lugar dónde un diciembre de 1965, lugar dónde asistieron a la muerte de todos los tripulantes de aquel mercante panameño «Mandy».

Y como no. La galerna en julio de 1961, razón poderosa para hacer presentes a los ausentes cualquier domingo de asueto entre las cuatro cantinas del muelle en Celeiro. Los nueve supervivientes de bonitero «Todos los Santos», Uno de ellos, nunca olvida a un joven y fornido cura vasco -Ondárroa- que le ayudó a salir cuando volcó la embarcación dónde andaba al bocarte y quedó atrapado por el cinto enganchado a un tolete.

Así son nuestros hombres de mar. Parece que se agota la estirpe. Por eso mi amigo José Pino no se resigna a dejar tal actividad. Por eso siempre digo que la «cátedra» que nos enseña «Un mar de Cultura» está en las conversaciones de cantinas con sabor a salseiros.

En esas noches finales de año y de diciembre se pueden escuchar toda suerte de historias en torno a una taza de viño quente

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