Las olimpiadas de Labañou

Petanca, billarda y llave han ido cogiendo fuerza en los barrios


Mientras los runners y los patinetes han tomado Coruña y avanzan a toda prisa por el paseo marítimo, hay rincones en esta ciudad abonados a otros juegos olímpicos los fines de semana para compensar la inercia de la rutina. En Labañou, sin ir más lejos, el domingo por la mañana se arremolinaba un grupo de hombres detrás del centro cívico para participar en el torneo de petanca, billarda y llave. Estos juegos que, aparentemente parecen minoritarios, han ido cogiendo fuerza en los barrios -no sé si de modo proporcional al aumento de jubilados, eso habría que analizarlo-, pero al menos los que se echaron la mañana en Labañou el domingo no tenían pinta de haber cobrado la pensión. Aunque entre los espectadores había mucha sabiduría y experiencia. De esa profesionalidad que no puede ocultarse desde la curiosidad de la observación.

El caso es que por un momento Labañou me recordó a esos barrios del extrarradio neoyorquinos, que bien podrían salir de una película de Spike Lee o de un relato de Paul Auster. Con esa mirada un tanto fílmica, me pareció que en esa escena entraría en cualquier momento Michael Douglas, como su personaje del Método Kominsky, a dar su punto de vista irónico sobre el paso del tiempo. Y no pude evitar imaginar cómo encajaría ese papel de Douglas entre los 25 tipos que les dedican sus tardes en las canchas de Orillamar, de Labañou y de otros barrios coruñeses a entrenar 3 o 4 hora a la llave. En esta época sé que compran gorros con luces para seguir jugando cuando anochece y abrigarse de tanta ciclogénesis explosiva. Porque en esos juegos de invierno se echan parte de los días quienes se han enganchado a un tipo de vida más tranquila, alejados del estrés futbolístico y de ese furor mimético de echarse a correr a cualquier hora. Y también estos aficionados se han ganado el júbilo de implicar a su entorno, ya que han ido arañando la activa participación de chicos más jóvenes, que son capaces de dejar unas horas el móvil para agacharse una y otra vez a por la bola de la petanca. Labañou tenía el domingo ese misterioso encanto del tiempo lento del barrios en festivo, pero esa cancha deportiva de las casas bajas del Carmen tiene mucha otra actividad a diario. Es el foco del mejor encuentro para las pachangas que se echan los chavales al finalizar el día, donde se da libertad al balón, casi siempre para los partidos de fútbol improvisados, que avivan la imagen de un barrio que a las nueve empieza a recogerse. Pero en esa cancha siempre hay luz, y en cierto modo ese lugar se ha ido configurando como una metáfora también de la esperanza. En esa cancha hay futuro, el poco que ha llegado al barrio gracias a los emigrantes que nos han cambiado la vida de color para nuestra suerte. Ellos son los que tienen la llave para que sigan jugándose estas olimpiadas.

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