Un episodio de amor en Brigantium

Flaccinia Severa, la primera coruñesa de la que tenemos su nombre, dedicó una lápida a su marido Cayo Arruntio


A Coruña

Sus breves palabras suscitan el interés. Están grabadas en una lápida funeraria romana. Según nos cuenta el ilustrado José Cornide, en una nota manuscrita conservada en la Real Academia de la Historia de Madrid, fue descubierta en 1789 «en el macizo de la muralla antigua de la fortificación de la Puerta Real» de la ciudad de A Coruña. Hoy está expuesta en el museo del castillo de San Antón, y la podemos considerar como la primera pieza arqueológica de su colección.

Está un poco rota y algunas de sus letras hay que restituirlas. En un rectángulo de granito, alisado y rodeado por una moldura, están grabadas en latín esta palabras: «D(is) M(anibus) G(aio) Arruntio Sereno an(norum) LX Flaccinia Severa marito pientissimo». Que significan «a los dioses manes. Cayo Arruntio Sereno, de 60 anos. Flaccinia Severa a su marido piadosísimo».

La parte posterior está sin pulir, lo que nos indica que estaba empotrada en un monumento funerario. Seguramente se levantaba en la necrópolis que había en la vía de entrada a la ciudad portuaria romana de Brigantium -que estaba situada en lo que hoy es el entorno de la calle Real-, siendo sus restos pétreos utilizados en la construcción de la muralla medieval de Puerta Real.

La lápida fue realizada por encargo de una mujer. Fue la primera antepasada de los coruñeses de la que conocemos su identidad. Era romana. Lo sabemos porque se identifica con su «praenomen», el equivalente a nuestro nombre de pila, Flaccinia, posiblemente por ser hija de Flaccinius, y por su «nomen» o nombre de su familia, equivalente a nuestro apellido, Severa.

No lleva el apellido de su marido ya que, aunque estaban sometidas a los varones, las mujeres romanas gozaban de una mayor independencia que en otras culturas del mundo antiguo. Probablemente su matrimonio fue concertado con un hombre mayor que ella, con una diferencia de diez o más años, pero no tenía ninguna obligación legal de levantarle un homenaje eterno en piedra y aún así lo hizo. ¿Por qué?

Eran ciudadanos romanos y él pudo formar parte de una familia que ostentó cargos imperiales

Su marido también es romano. Utiliza el sistema de los tres nombres: «praenomen», Cayo; «nomen», Arruntio; y «cognomen», es decir la rama familiar o el apodo, Sereno. No sabemos quién fue, pero no era pobre, levantar un monumento es caro, y por su apellido Arrutio es posible que estuviese emparentado con la «gens» que llevaba ese nombre, de origen itálico, y de la que conocemos algunos personajes que desempeñaron altos cargos en el imperio, entre otros un tal Lucio Arruntio Maximo que fue, en el año 79 después de Cristo, procurador del emperador en Asturias y Gallaecia.

Cayo y Flaccinia son pues ciudadanos romanos ¿pudientes? Que pudieron venir, bien ellos o sus antecesores, de fuera y asentarse en Brigantium. Pero la clave de su relación está en el superlativo «pientissimo», piadosísimo, cuyo uso para referirse a los difuntos se extiende, según los epigrafistas, en la segunda mitad del siglo II, alcanzando su apogeo en el siglo III. Está relacionado con la virtud romana de la «pietas» o sentimiento de obligación moral que lleva a actuar de manera justa y que en las relaciones conyugales conlleva el amor y la fidelidad. Para ella fue cariñosísimo, compartiendo los mismos valores romanos. «Sit tibi terra levis».

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