Un pirata alado y feroz

El págalo grande roba su alimento a las gaviotas frente a nuestra costa


A Coruña

Como todo gran puerto de mar con una larga historia, también el nuestro ha sido escenario de innumerables escaramuzas con piratas. Por aguas del golfo Ártabro han hecho de las suyas vikingos, normandos, moros, corsarios franceses e ingleses... También han pasado por aquí personajes tan sanguinarios como el pontevedrés Benito Soto, cuyas andanzas podrían haber inspirado el célebre poema de Espronceda.

Pienso en todos ellos mientras observo un abordaje de película desde la plataforma que está al pie del Obelisco Millenium. Casi logro sentirme como un coruñés de hace dos o tres siglos, contemplando una batalla naval con un catalejo extensible sujeto con ambas manos, y abrigado con un pesado traje de paño empapado de sal.

La tripulación atacada está formada por una marinería brava, capaz de enfrentarse a todo tipo de imprevistos oceánicos, y de sacarse de dentro el peor carácter cuando la ocasión lo requiere. Visten polainas amarillas, camisa blanca y casaca gris plata.

Su asaltante es uno solo. Ha llegado de mar adentro, volando bajo, entre las olas, con un aleteo enérgico que recuerda al de un águila. Su indumentaria es parda, salpicada de ocres y dorados. Destacan en sus alas dos grandes manchas pálidas, que en la distancia brillan como avisos temibles: bien podrían ser banderas con una calavera y dos tibias cruzadas.

Es un págalo grande. Una de las pocas aves a las que nuestras gaviotas patiamarillas tienen el mayor respeto. O, dicho, sin rodeos, miedo del de verdad.

Huida despavorida

Nada más advertir su presencia, han abandonado la maniobra que hasta hace un instante las mantenía entretenidas, y al grito de sálvese quien pueda han buscando refugio en el viento.

El págalo va directo a por una. Desde mi posición no lo veo, pero algo de valor debe guardar su víctima en el buche. La persigue con una acrobática sucesión aérea de fintas y regates, es como si saltaran por entre las jarcias de una arboladura invisible, hasta que prende una de sus alas con su pico y la obliga a caer al mar. Allí, la gaviota abandona lo que fuera que hubiera capturado hace un momento, y el págalo grande lo devora con la satisfacción de un pillaje ferozmente consumado.

Mientras la derrotada patiamarilla se aleja a todo trapo rumbo al Orzán, el pirata queda fondeado a media milla de donde rompen las olas. Con el zoom de mi óptica a tope, intento escrutar su rostro, por si luciera un parche. Ya era mucho pedir.

El resto de gaviotas, alejadas de él, han vuelto a lo suyo, pero con seguridad no le quitan ojo.

¿Se habrá puesto mientras tanto el págalo a cantar con voz ronca, salvaje y libre? Casi le oigo: «¡Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡ho!, ¡ho!, ¡ho!, ¡la botella de ron!». Uno mi voz a la suya: «¡La bebida y el diablo se encargaron del resto! ¡ho!, ¡ho!, ¡ho!, ¡la botella de ron!».

Origen nórdico

La gran mayoría vienen de Escocia, la patria de Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro. Allí sus poblaciones se han recuperado en el último siglo gracias a los esfuerzos conservación.

Ruta pirata

Cada otoño migran frente a nuestra costa, mar adentro. Van a pasar el invierno frente a Portugal y África, y en el Mediteráneo.

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