La triste hora de encender las luces


A Coruña

No hay momento más desolador para cualquier aficionado a la música que el que llega tras el último acorde en un concierto. Ese instante en que la magia se esfuma cuando los amplificadores dejan de zumbar, se encienden las luces y la realidad vuelve a pesar sobre todos. Con esa conocida sensación de desamparo nos despertamos ayer todos los que en algún momento disfrutamos del magisterio de Nonito Pereira. Y no somos pocos, porque Nonito tenía más amigos que discos.

Fue quien trajo la modernidad a una vetusta ciudad como A Coruña, hasta que él mismo se convirtió en un clásico. Le puso banda sonora a toda Galicia, convenciendo a varias generaciones de jóvenes y no tan jóvenes de que compensaba perderse la cena por ir a un concierto. Y lo hizo predicando con el ejemplo. Compartía experiencia y sabiduría sin sentar cátedra y derrochando generosidad. Que se lo pregunten si no a ese batería que con apenas 18 años y sin un duro se colaba en los conciertos del Playa Club hasta que le pillaron. «Si te gusta tanto la música no tienes que pasar por esto», le dijo Nonito antes de dar orden en la puerta para que se le dejase pasar gratis el resto de la temporada. O a la cantidad de músicos y grupos que nacieron y crecieron bajo el amparo del único periodista musical que jamás hizo una mala crítica: «Si no tengo nada bueno que decir, mejor me callo. Que bastante tienen los músicos con subirse a un escenario», me contaba hace años en su despacho de la terraza del Bocatín. Nonito se dedicó a prohijar a cuanto proyecto de roquero se encontraba por el camino, de ahí que con su marcha pese sobre muchos una inevitable sensación de orfandad.

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