Pucho, la niña Greta del Ventorrillo

No necesito la más mínima excusa para arrimarme a unas barracas en plena sesión vermú


Hoy iba a escribir de Peter Handke, que además de ganar el Nobel de Literatura hace unos días estuvo por A Coruña durante el año que pasó en la bahía de nadie. Pero luego recordé que los tuiteros de guardia ya habían sentenciado -antes incluso de hacerse pública la decisión de la Academia Sueca- que era otro soso escritor centroeuropeo (como si Javier Marías no fuera exactamente eso) y, para no aburrir al personal con los fantoches que van en romería con la Cofradía del Santo Reproche (Sabina dixit), me fui a las fiestas del Ventorrillo, que es lo más parecido a Estocolmo que tenemos en esta ciudad.

¿Alguien lo duda? Si yo tuviera que buscar una Suecia en A Coruña, una Suecia en la que se mezclan los prados verdes con el diseño futurista, la medicina posmoderna y el culto al ecologismo, no dudaría en perderme entre A Silva, el centro de especialidades y la Ronda. Porque en el Ventorrillo aún crece la yerba en barra libre en torno a la arquitectura de vanguardia del Ágora y el agua tiene un monumento -qué digo un monumento, todo un memorial- en su depósito de Emalcsa. Si hasta Ikea y su laberinto de albóndigas de reno están a tiro de piedra.

No necesito la más mínima excusa para arrimarme a unas barracas en plena sesión vermú. Y menos para pasearme por un barrio que no era el mío, pero casi, porque desde Peruleiro subíamos hasta allí para pelearnos con los lugareños y no hay nada que una más que una buena malleira (los pegones siempre fuimos también cobrones). Pero es que además, este octubre, en las fiestas de la Ciudad Vieja hubo pinchazo porque nadie se acordó de traer el Dragón Rey al que llevamos subidos desde 1589 o así. Así que los de la Ciudad, en penitencia, tuvimos que subirnos al 7 e irnos a la recuperación en las atracciones del Ventorrillo, donde no faltaron ni el Dragón Rey ni los hinchables de las fiestas de guardar. Así que el Pilar, para todos los ciudadviejunos, se convirtió en una inesperada pasantía del Rosario. Por eso mi conciencia se quedó más tranquila después de dejarme el sueldo en las taquillas de los Hermanos Camarero, que igual no eran los Camarero de toda la vida porque los de verdad ya viven en un chalé donde el ala oeste tiene una placa con mi nombre (y mi número de cuenta en letras doradas) y se limitan a vivir de la franquicia del Torito Vacilón (a tres euros el meneo).

 Pero a quién le importan tres euros si puede ver A Coruña desde la primera fila del Dragón Rey o, ya puestos, encaramado a la estatua de Pucho Boedo, que fue la niña Greta del Ventorrillo cuando nadie sabía nada del cambio climático, salvo el crooner de A Silva, que lo contó todo en O vello e o sapo (tratrá).

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