El jeta de los conos, segunda parte

El caradura que llevaba en el maletero dos conos de señalización de obras para reservarse una plaza de aparcamiento en el Orzán tenía preparada una larga lista de justificaciones


El caradura que llevaba en el maletero dos conos de señalización de obras para reservarse una plaza de aparcamiento en el Orzán tenía preparada una larga lista de justificaciones que recitaba en voz alta mientras conducía para convencerse a sí mismo (y a cuantos iban con él en el coche) de que no cometía ningún delito. Afirmaba, sin el más mínimo asomo de duda, que todo el mundo hace cosas así en su propio beneficio, que no es nada comparado con lo que nos roban los bancos, que los párkings y Hacienda ya se llevan dinero suficiente sin necesidad de quedarse también con el suyo… Y sobre todo, que España es un país de pícaros en el que los más espabilados son los que se salen con la suya. Una de sus frases habituales era: «Este es el país del Lazarillo».

Justificaciones de esta calaña se las seguimos escuchando hoy a unos cuantos devotos del aparcamiento indebido: «Dejo el coche aquí tirado porque bastantes impuestos me cobran ya como para pagar también la ORA». Por no hablar de la doble fila, que es siempre un compendio de excusas generalmente inverosímiles y autocomplacientes y que, como acaba de revelar el concejal de Mobilidade, hay hasta quien tiene su sitio reservado en ella, que tiene tela.

El jeta de los conos abandonó la práctica del aparcamiento delictivo por dos motivos. Primero, porque a sus colegas de pandilla les dejó de parecer gracioso el asunto y empezó a darles vergüenza. Y al final se quedó solo. Sin lazarillos que lo guiasen en sus devaneos etílicos por el área metropolitana, sin colegas ante los que presumir, la gamberrada dejó de tener gracia también para él.

Me gustaría poder contar que el joven (en aquel momento lo era) dejó de aparcar así porque lo cazó la policía y tuvo que soltar una multa como la de Messi y Ronaldo con Hacienda o pasarse un año haciendo trabajos para la comunidad. Pero no sería cierto. Que se sepa, la policía nunca lo pilló con los conos en la masa. Sí lo hizo -y este es el segundo motivo por el que abandonó aquella práctica- un grupo poco amigable que lo sorprendió en plena maniobra durante una de esas desapacibles noches de invierno del Orzán. Viendo que se quedaban sin plaza de aparcamiento bajaron del coche para tratar de explicarle cómo se ingiere un cono de señalización de obras. Lo impidieron unos paseantes de buen talante. Y nunca más. O al menos eso dijo él.

También me gustaría contar que aquel incómodo episodio fue la eficaz lección que recondujo a esta persona hacia el civismo, pero tampoco sería del todo cierto. Hoy es un habitual de la doble fila. Y visto lo visto, no me extrañaría que con plaza reservada.

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