Jesús Andrade: el aviador de la lluvia deja de volar

El piloto coruñés fumigó nubes, llevó peregrinos a la Meca y cruzó el Atlántico viendo «atardeceres interminables»

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A Coruña

Volar es su vida. Es uno de los pilotos españoles con más horas de vuelo, calcula que 25.000, pero «no llevo la cuenta», dice. Suman casi tres años en el aire. El coruñés Jesús Andrade Zurbano hizo hace menos de un mes su último vuelo como comandante de un avión que pesa 233 toneladas y lleva 390 pasajeros. Sigue con la licencia para pilotar uno de esos Airbus 330, unos aparatos muy distintos a aquellas avionetas con las que «hice remolque de cartel mucho tiempo». En A Coruña llevaba el anuncio de GEF, «una tienda de electrodomésticos que había al lado de la plaza de Lugo». También lo hizo en Vigo para «empresas y discotecas». Y en Pontevedra «salíamos en un globo aerostático. Anunciábamos Calzados Felipe».

Andrade, que nació en el hospital del Socorro y su infancia transcurrió en Ciudad Jardín, empezó siendo aeromodelista «e impresionado por todo lo que volaba. Mis comienzos fueron de vuelo sin motor en Ocaña (Toledo)». Su primer Título de Piloto de Planeador es de 1976. Fue instructor de aviación general y de vuelo sin motor y «más tarde decidí hacerme piloto profesional». Como tal «he volado mucho por África con aerotaxi, sobre todo por Marruecos, Sáhara, Aaiún, Madeira... Eran avionetas para ejecutivos, y también lo hacía con carga, desde Las Palmas».

En las islas pilotó para una curiosa actividad: «En Canarias me llamaban ‘el hombre de la lluvia’. Había un meteorólogo norteamericano, de Dakota del Norte, Albert Schnell, que fue contratado por el Cabildo para intensificar la lluvia en Gran Canaria. Nos dedicábamos a fumigar las nubes con un compuesto de nitrato amónico, urea y agua y tratábamos de que lloviera». Bromea con que «no sabíamos muy bien si llovía porque tenía que llover o porque habíamos ordeñado bien la nube». Era «una tarea difícil porque a veces había nubes muy grandes y con mucha turbulencia». De todos modos, «allí vivía como un príncipe».

De Indonesia a Yeda

Después pasaría a la aviación comercial en la que tiene experiencias como la de trasladar peregrinos a La Meca desde la ciudad de Macasar, en Indonesia. Jesús Andrade, que estudió en la Academia Galicia y luego fue uno de los primeros alumnos del colegio Santa María del Mar, muestra un vídeo hecho durante uno de esos vuelos en el que se ve que quien habla a los pasajeros no es nadie de la tripulación, sino un clérigo musulmán dirigiendo los rezos. «Hay muchísimo movimiento de aviones entre Indonesia y Yeda, una ciudad que está cerca de La Meca y ahora bien comunicada por el AVE que construyó allí Ferrovial».

 «Xa estamos na terra»

Andrade desgrana emotivas vivencias, como cuando era copiloto «en los vuelos que hacíamos de Zúrich y Ginebra a Santiago. A José Antonio Silva, periodista y piloto, le gustaba hablar por el altavoz y lo hacía muy bien. Les hablaba en gallego -‘xa estamos na terra’- y los pasajeros se emocionaban cuando lo oían. Eran emigrantes que pasaban diez años sin venir a Galicia y que el comandante les hablara en gallego les hacía llorar».

El nieto del médico Domingo Andrade, nacido en Betanzos y que ejerció en A Coruña, reconoce que en los vuelos de Madrid a Nueva York, cuando pasa por encima de Galicia, a unos once kilómetros de altura, intenta verla, «pero no siempre es posible debido a la meteorología». Y es que siempre ha tenido casa, familia y amigos en la ciudad. Comenta que de los vuelos le emociona «ser capaz de pilotar de un lugar a otro del mundo máquinas cada vez más sofisticadas y seguras». Después de 29 años como comandante en Air Europa le sigue aflorando la melancolía al evocar esos «atardeceres interminables cruzando el Atlántico». Resta importancia a momentos complicados, que los hubo, como cuando despegando del aeropuerto de Málaga se incendió un motor del avión. Regresó a tierra y problema resuelto.

«La profesión de piloto tiene mucho glamur desde fuera, y desde dentro tiene sus cosas buenas y sus dificultades, sus horarios, una gran responsabilidad, te desvincula de la familia, un nivel de control muy grande con exámenes y revisiones médicas cada seis meses, inspecciones en vuelo... Eso no se ve cuando la gente te mira en los aeropuertos vestido de uniforme».

Afable conversador, evoca a sus compañeros de hockey de los jesuitas, al padre Rubinos que conoció entonces, lo ocurrido tras el 11-S y como antes llevaba a la cabina a los pasajeros con miedo a volar, las posibilidades de Alvedro... Y es que su vida sigue siendo volar.

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