Tiene 87 años y toma un helado al día


Es septiembre, pero aún estamos en verano. Un verano en el que me he vuelto a encontrar en el paseo coruñés con Chelo y Pila, que tienen una historia muy refrescante y sabrosa. Las dos son hermanas y jamás fallan en su paseo diario a la heladería Colón, a la que van todos los días del año, llueva, truene o se caigan los pajaritos del calor. Y, claro, Chelo y Pila no son precisamente millennials, aunque le dan un par de vueltas a muchas de 15 años por el ritmo que llevan en su rutina. Para que se hagan una idea, Chelo, que es la que tiene 87, me cuenta que este ejercicio saludable de zamparse un helado de cucurucho de 2,70 euros lo viene haciendo desde que es una cría (aunque entonces costase bastante menos): «Yo ya los iba a comprar a La Ibense, ¿te acuerdas?, que estaba en el Cantón Pequeño, pero desde que cerró venimos todos los días a la Colón; no fallamos nunca, salvo que nos pongamos enfermas». Solo hay que verles la cara a Chelo y a Pila para saber que eso sucede pocas veces, tal vez por esa curiosa dieta que les endulza tanto la vida. Ninguna de las dos pone reparos en los sabores que le ofrece su heladería, y si bien antes estuvieron abonadas al helado de mantecado, ahora no escogen otro sabor que no sea una mezcla particular: café y chocolate. Las dos lo toman exactamente igual, aunque Chelo advierte que, si va un poco más tarde de las siete, a veces el café le quita el sueño. No hace falta que les confirme que las dos tienen una relación más que familiar con todo el personal de la Colón, desde el dueño a todas las chicas que están sirviendo en el mostrador. «Son cariñosísimas con nosotras, por supuesto ya no necesitamos pedir el helado, porque nada más vernos nos lo dan; y aunque procuramos sentarnos en la misma mesa, en caso de que no haya sitio, siempre están pendientes de que podamos coger una libre», me cuenta Chelo mientras me relata las exquisiteces de toda la heladería. «Son artesanos, artesanos. Yo veo cómo asan las manzanas para hacer el helado de manzana asada, cómo limpian las fresas, los melocotones. Nosotras no nos perdemos detalle de toda la elaboración», me explica. Los pocos días en que una no puede asistir a su cita diaria, la otra no se lo pierde, en eso las dos están de acuerdo. «Hace unas semanas tuve vértigo -relata Chelo- y mi hermana fue igual a por su helado; al verla llegar sola, las chicas le preguntaron por mí, es lógico, vamos todos los días juntas». Porque si la Colón cierra (lo hace después de Reyes hasta primavera), ellas no sucumben a otra tentación: «No, no; nosotras no tomamos otro helado que no sea de aquí, así que cuando vuelve a abrir, estamos locas de contentas». Esa alegría a Chelo y a Pila se les nota.

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