Desconfía de aquel que no disfruta comiendo y bebiendo, sentenciaba Charles Laughton en una de esas pelis de romanos con la que nos curramos nuestra educación sentimental los domingos por la tarde. Desconfía de quien no ame la música, añado yo. Lo aprendí, de muy chaval, en una tienda de vinilos de la rúa Ciega de A Coruña. Se llamaba Discos Portobello y su dueño, el legendario Jaime Manso Rey, se sumió el martes en el silencio definitivo con la elegancia a la que nos tenía acostumbrados en vida. «Mis últimos 21 gramos de energía para todos vosotros. Muchas gracias y hasta siempre», escribió en su Facebook, mientras sus amigos, aunque sabíamos que llevaba tiempo enfermo, nos quedábamos helados. Se refería, claro, a esos 21 gramos que dicen que pesa el alma si uno hace la cuenta de la diferencia entre la masa de un hombre vivo y su cadáver. Es una de esas cuentas fantásticas que tanto nos gustan a los matemáticos, que por algo nos pasamos la vida jugando con los números imaginarios. Como la que hizo Sir Walter Raleigh cuando quiso calcular el peso del humo. Agarró un habano, lo puso en la balanza y luego se lo fumó con parsimonia. Después, cuando el veguero se consumió, pesó las cenizas y restó las dos cifras: obtuvo el peso del humo que había ascendido a los cielos, como Jaime Portobello.

Cuando éramos adolescentes, allá en los ochenta, íbamos a Portobello a pasar la tarde, aunque no tuviésemos un duro para comprar discos. Y Jaime nos dejaba escuchar todos los vinilos que quisiéramos, aunque hubiese que esperar varias semanas para recibir la paga y volver al bajo de la rúa Ciega, subiendo a mano izquierda, para pillar algo. Allí acudíamos los listillos de entonces, con nuestros recortes de La Luna de Madrid, que leíamos para ser posmodernos, a pedirle a Jaime que nos consiguiese el disco del plátano de la Velvet Underground o Reckoning, de unos tipos que se llamaban R.E.M. y que solo conocía Manso, que iba a Londres a cosechar álbumes que por aquí no existían ni en sueños.

Jaime Manso nos ha dejado dos grandes lecciones. La primera, la buena educación, que ejerció hasta el último instante. Por eso quiso despedirse de todos nosotros. Como el editor Jaume Vallcorba, que antes de morir se dedicó a telefonear a todos sus amigos para decirles adiós. La segunda, todavía más trascendental, es que nos enseñó que si te gusta la música, si de verdad amas la música sobre todas las cosas, entonces te gusta toda la música. Jaime no creía en los que se parapetan en un único estilo. Por eso lo mismo te hablaba de una grabación clandestina de un concierto de The Smiths que de su título favorito de Sara Montiel. Aquellos chavales insoportables aprendimos con él, disco a disco, que hay que amar todas las músicas. Desde Rammstein hasta Rosalía.

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Jaime Portobello, que estás en los cielos