El eclipse de los machos

Los machos de ánade azul mudan sus plumas en estas fecha, terminada la época de cría

pato

Cómodamente instalado en un muro junto a la ría, me contempla con una mirada entre indiferente y suspicaz. De su plumaje casi han desaparecido los brillos azules y verdes. Recuerda una flor mustia. O a un divo venido a menos a causa de los excesos. Es como si su lozanía hubiese sufrido algún tipo de achaque repentino. Como si la decrepitud le hubiese alcanzado a traición, de la noche a la mañana. Y por su actitud, como si estuviese muy disconforme con este repentino cambio, y aún menos contento con mi curiosidad.

Abre unas alas grotescas, de tan cortas, y se echa al agua de un salto. Hace unos días le cayeron las plumas de vuelo. Mientras crecen las nuevas, va a tener que limitarse a caminar o nadar. Se va hasta la vegetación de la orilla y se escabulle entre ella, como para alejarse de miradas fisgonas.

Los machos de ánade azulón como este llevan ya un tiempo de vacaciones. Quedan muy lejos los meses de buscar pareja, antes del cambio de año. ¡Ah, aquellos bailes a la luz ambarina de las tardes de diciembre, cada hembra rodeada de galanes de cuello muy estirado y pomposo pecho inflamado de amor! ¡Ah, aquella deliciosa incertidumbre sobre a quién elegiría cada una de ellas! ¡Ah, aquel sabor del triunfo, cuando finalmente fue a ti, y os retirasteis los dos al abrigo íntimo de la espesura...!

El ánade asoma la cabeza entre los juncos. En el brillo de sus ojos hay una mezcla de nostalgia y socarronería. Continúo.

¿Recuerdas, después, vuestra busca de hogar? Nada os parecía tan perfecto como para merecer albergar el fruto de vuestro cariño. Visitasteis multitud de potenciales domicilios: juncales como ese mismo, huecos entre arbustos, terrazas en edificios, grandes agujeros en muros... Cuando al fin os decidisteis por uno, fue ella quien preparó el nido con hojas secas, hierbas y otros materiales vegetales, mezclados con su propio plumón y algunas de sus hermosas plumas marrones. Tú vigilabas los alrededores. También cuando aparecieron los primeros huevos. Y los siguientes. Y los que vinieron a continuación. ¡Doce en total! Aquel montón de piezas blancas provocó en ti, allá por abril, tu primera añoranza de independencia. De pronto, lo que unas semanas atrás parecía una gran idea, ya no lo era tanto. Ahuyentada esa sensación como si de un intruso se tratara, continuaste en tu labor de vigilancia. Pero el intruso, lejos de marcharse, se hizo tu colega.

El ánade se arregla el plumaje con el pico, como si el resto de la historia no fuera de su incumbencia. Le recuerdo cómo, cuando todos sus hijos rompieron el cascarón, dio por finalizada su responsabilidad familiar. Un eclipse paterno en toda regla. Los patitos y su señora se fueron por un lado, y él por otro.

Llegó así el final de la primavera, y tocó mudar de plumaje. Mete el pico bajo una de sus cortas alas y se dispone a dormir. Otro eclipse. En un par de meses estará tan guapo como siempre. Listo para, después del otoño, volver por los bailes de cortejo en busca de compañía.

FAMILIA NUMEROS

Algunas hembras deben velar, siempre solas, por la seguridad de hasta 14 patitos. Pocos de ellos llegan a adultos.

PATOS LONGEVOS

Al nacer, los patitos pesan poco más de 32 gramos. Los que logran sobrevivir a su primer invierno pueden luego pasar de los 30 años.

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