La «sierpe» y la procesión del Corpus

En el siglo XVI participaban todos los gremios con sus santos, danzas y mascaradas

cristi

A Coruña

Una de las festividades católicas más solemnes es la del Corpus Christi. Fue establecida en 1264 por el papa Urbano IV para aclamar y defender la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en la hostia consagrada. Fijó su celebración sesenta días después del domingo de Resurrección, en el jueves siguiente a la octava de Pentecostés. Era y es una fiesta móvil que puede caer de finales de mayo al mes de junio.

Sería a comienzos del siglo XIV cuando se extendió su celebración con la exposición del Santísimo por las calles mediante una procesión pública a la que concurría todo el pueblo. Después en los siglos XVI y XVII, con motivo de las disputas religiosas contra los protestantes, que negaban la transustanciación, alcanzó en el mundo católico su mayor esplendor y ostentación.

En A Coruña los datos más antiguos, hasta ahora conocidos, sobre su celebración se remontan a 1399, año en el que Fernando Martínez, rector de la antigua iglesia de Santo Tomás (estaba en la zona del actual cuartel de Atocha), ordena en su testamento una manda piadosa a la cofradía de Corpus Christi. También sabemos que en 1456 el peregrino inglés William Wey cuando estuvo en Coruña participó en la procesión del Corpus. Sin embargo las primeras referencias extensas son del siglo XVI y las conocemos gracias a las investigaciones del canónigo e historiador Ismael de Velo.

Una «bendición»

En la ciudad se celebraba tanto la procesión del Corpus como su Octava (ocho días después). Solían salir por la tarde, entre las cuatro y las cinco, de la iglesia de Santiago, el Corpus, o de la Colegiata, la Octava, y tenían un recorrido largo por la ciudad vieja y la Pescadería, ya que se consideraban una bendición para las gentes y sus trabajos, llegando hasta el playazo de A Mariña donde estaban engalanadas barcas y navíos. Las calles por donde pasaban se adornaban con ramos y las casas se entoldaban con paños.

El Santísimo, en una custodia monumental, era llevado a hombros, sobre unas andas, por miembros del clero. Antes y después se colocaban las diferentes cofradías y oficios. Su orden en la procesión reflejaba el orden social jerarquizado existente en la época, ocupando los más poderosos, magistrados y eclesiásticos, los lugares más próximos a la custodia.

Pero la posición de los diferentes oficios causaba frecuentes disputas entre ellos, teniendo que intervenir las autoridades para solucionarlas. Cada cofradía, con sus miembros engalanados, llevaba doce (símbolo de los apóstoles) grandes velas o blandones, portaba las imágenes de sus santos patrones y realizaba sus danzas y mascaradas parateatrales de regocijo.

Como en otros lugares de Galicia también salía la sierpe o coca, una serpiente-dragón, símbolo del demonio y el pecado. Documentada desde 1570, aunque era muy anterior, la sacaban los zapateros junto con las imágenes de la Virgen y San Jorge y una doncella a caballo. Durante su recorrido escenificaban la derrota de la sierpe, vencida por San Jorge, ritual en el que se mezclan elementos mitológicos y cristianos para simbolizar el triunfo del Bien sobre el Mal.

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