Los cinco placeros que quedan en Santa Lucía empiezan a hacer las maletas

Ya buscan bajos en la zona pese a que el Ayuntamiento «non ten pensado botalos»


A Coruña

Solo quedan cinco placeros. Como un equipo de baloncesto sin banquillo. Y a determinadas horas, con tanto tiempo libre que podrían ponerse a jugar al subastado. Son los últimos que quedan en el mercado de Santa Lucía, unas instalaciones en las que llegaron a trabajar 278 vendedores. Hoy los que resisten es gracias a su clientela fija, la que les viene siendo fiel desde siempre, «la que sabe que en calidad y atención no van a encontrar nada mejor ahí fuera», dice orgullosa la pescantina Mari Carmen Carballo.

Junto a ella trabaja el negocio Manolo Valiña, que no tiene queja de las ventas, sino de lo que se ve a su alrededor. Losetas levantadas, paredes sin pintar y una sensación de miedo por algunos de sus pasillos que algunos se lo piensan antes de entrar. Fueron muchos años de completo abandono. La frutera lo explica: «la empresa que tenía la adjudicación no cumplió. Se rompía el suelo y ahí quedaba. Y poco a poco esto se fue muriendo».

No saben el tiempo que les queda entre esas viejas paredes, pero tienen claro que será poco. Por el momento, el Ayuntamiento, que recuperó la concesión, no les ha notificado nada, pero «no somos tontos y sabemos que esto es cuestión de días o semanas», dice Manolo Valiña. De hecho, el dueño de la pescadería ya buscó un local en la zona para trasladarse en cuanto pueda. Es probable que coja la puerta antes de que le llegue la carta de María Pita. No será en este mandato. Este martes el Gobierno local aseguraba que no «botará» a ninguno de los placeros que quedan.

Pese a las condiciones en que se encuentra su centro de trabajo, su problema no es la falta de clientes, aunque son conscientes de que en un lugar decente venderían más. «Todavía tenemos venta porque competimos con unos productos de calidad que fuera es difícil encontrar, pero somos conscientes de que las instalaciones no invitan a que la gente entre. Vivimos de los de toda la vía», dice el dueño de la carnicería, un puesto que nada envidia al que puede haber en cualquier mercado pujante o centro comercial. Así son los cinco puestos que quedan. Del mostrador para dentro, todo perfecto. El problema está fuera.

Los cinco que quedan se llevan de maravilla. Sin competir unos con otros. Cada uno explota un sector diferente. Hay un pescadero, un carnicero, una tienda de ropa, una de fruta y otra de material electrónico y productos de belleza. Teresa está al frente y presume que le «llegan clientes de Madrid a por sus cremas y cosméticos».

Hace años que ya no hay contrabando. Los constantes golpes policiales a los puestos que se dedicaban a la venta de tabaco o ropa falsificada en las últimas tres décadas expulsó a esos placeros. Ya no queda ni uno. En su tiempo, llegaron a copar tres cuartas partes de un mercado levantado en un solar de mil metros cuadrados, con cuatro plantas y con fachada y acceso a tres calles. En una zona de la ciudad privilegiada.

Pese a que nadie se dedica ahora al contrabando en Santa Lucía, había sospechas de que algunos almacenes estaban sirviendo para guardar ese tipo de material. Así que este lunes la Policía Local se presentó en el mercado, abrió varias estancias, sacó lo que había dentro y precintó las puertas de los mismos.

Xunta y vecinos quieren un ambulatorio y el alcalde un mercado y centro cívico

Por el momento, todo está en el aire. Durante casi todo este mandato, el debate sobre el futuro del mercado de Santa Lucía fue uno de los puntos más conflictivos. Entre la Xunta y los vecinos, que exigen que en el solar se levante un centro de salud, del que carece el barrio, y el Ayuntamiento, que siempre defendió que tenía que mantenerse el mercado y dejar un espacio para crear un centro cívico. Nunca se pusieron de acuerdo. El Gobierno local le dio solares alternativos a la Xunta donde construir el ambulatorio, pero ninguno reunía las condiciones óptimas. Los vecinos se juntaron y formaron una plataforma en la que apoyaban el plan autonómico. El mandato está llegando a su fin sin que sobre la mesa exista una decisión al respecto. Nadie quiere ceder.

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