El incendio del antiguo convento de Santo Domingo

El fuego arrasó en el año 1548 las celdas, la librería, la bodega y las despensas con todo lo que en ellas había


A Coruña

Las campanas del antiguo monasterio de Santo Domingo de A Coruña repicaban sin cesar. Tocaban «a manera de fuego». Eran las siete de la noche del domingo 4 de noviembre de 1548. A su sonido «se ayuntaba mucha gente por las calles para abolir el fuego». Lo sabemos por la información de tres testigos: Fernán Alonso, escribano, Álvaro Lópes Romero, mercader, y Rodrigo de Meyranes, regidor del concejo; todos ellos vecinos coruñeses que acudieron a dicho monasterio para ayudar a «matar el dicho fuego». Sus testimonios están recogidos en un documento conservado en el archivo histórico de los dominicos en Salamanca y publicado por la historiadora Dolores Barral Rivadulla en su libro sobre La Coruña del siglo XIII al XV.  

Fundación del convento

Poco sabemos del antiguo convento dominico coruñés, pues en ese incendio de 1548 se quemó toda su documentación. Según los historiadores dominicos fray Aureliano Pardo Vilar y fray Manuel de los Hoyos, por referencias indirectas de la historia de la orden, fue fundado hacia 1280. Se levantaba extramuros de la ciudad vieja coruñesa, frente a la zona situada a la izquierda de la puerta de Aires o de los Ares (estaría aproximadamente en lo que hoy es el patio del cuartel de Atocha). Limitado por un muro, constaba de una iglesia, la casa conventual con sus celdas, bodegas y almacenes, un cementerio y una huerta.

Hacia allí se dirigieron muchos vecinos y al llegar vieron cómo el monasterio ardía con un fuego que «hera tan resçio e tan bravo que no abia presonas ni gente que lo podiesen matar»

En el dormitorio

Al parecer se había iniciado en el dormitorio mayor, que era nuevo, y se extendía por otras dependencias. Los testigos vieron arder «la celda del padre prior con muchos libros» y las celdas de los otros frailes con su «ropa de cama, e sus libros, e las capas»; también supieron que ardían los «dineros» que el convento tenía guardados «en una caxa dentro de una celda» y se quemaban «los libros de la libraría e otras muchas escripturas de las rentas e vienes pertenesçientes al dicho monesterio».

 Después el fuego bajó hacia las bodegas, perdiéndose prácticamente todos barriles de vino, pues «unos se quemaron e otros se rompieran por manos de las presonas que se allavan presentes para con el amatar el fuego». También se abrasó «mucha parte de trigo e çenteno e çebada» acumulados en las despensas y procedentes de las rentas que el convento cobraba por sus tierras a los campesinos que las cultivaban. Al mismo tiempo, para evitar que se quemasen, se quitaron las imágenes de los santos y los órganos del retablo del altar mayor, rompiéndolo.

Una gran parte del monasterio «se quemó e deshisó e destejó» y sus pérdidas fueron valoradas en más de tres mil ducados. Para reedificar lo destruido los frailes pidieron limosna por Galicia y Castilla. Además en los años siguientes tuvieron que realizar apeos o deslindes por los ayuntamientos cercanos para poder identificar sus fincas, ya que las escrituras se habían quemado, y necesitaron amenazar con una paulina, o bula papal de excomunión, a aquellos que las ocupaban y no lo declaraban. Y fueron unos cuantos.

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