Siete crónicas de ausencia


La madre era muy mayor. Mucho. De piel pálida y finísima, pelo blanco, esos ojos clareados por la edad y las mejillas flacas. Se abrigaba contra el aire frío del paseo, en Riazor, mientras miraba el mar, apoyada en un bastón. Cogido de su brazo, con la cabeza ligeramente apoyada en la de su madre, un señor de edad incierta, algunas canas, media melena, cierta nostalgia. Estuvieron unos minutos mirando la playa, el mar, sabe Dios cuánto tiempo llevaban allí antes de que se cruzasen en mi camino. Atravesaron con nosotros en el semáforo. Y aunque aceleré el paso, me alcanzaron en una frutería en Alfredo Vicenti. De esas en las que la frutera conoce a los clientes y no duda en probar una ciruela si el comprador cuestiona si está o no en su punto.

Se colaron sin darse cuenta, se deshicieron en disculpas, alabaron la paz del retaco que dormía en la silla, y escogieron fresones con mucha calma. Y unas nueces. Él le recordó a su madre que hacía mucho tiempo que no comía coles de Bruselas. La frutera preguntó a la mujer qué tal estaba. «Bueno», dijo ella. Con ese tono de quien tampoco quiere dar demasiada información, para qué. Y su hijo le dio un beso, con tanta ternura que tuve que apartar la mirada, ya ven. La ausencia a veces es tan dolorosa que se puede tocar. Otras, a pesar de todo, el cariño de un señor desconocido con su desconocida madre tiene algo de reconfortante.

Esta es la séptima crónica que no lee mi madre. Es curioso cómo se mide el tiempo. En crónicas no leídas, también. Y es imposible no imaginar qué pensaría de cada uno de estos siete artículos que ya no ha podido ver, y en la cara que pondría si supiese que voy a contarles cuántas veces se perdió en estas carreteras. Cuántas veces acabamos camino de Carballo intentando salir de Coruña, después de alguna visita al dentista, a El Corte Inglés, de brigadilla buscando un vestido para una boda. Aquella vez que, de vuelta de París, con una gastroenteritis, mil de la noche, acabamos en Cambre, nadie supo nunca cómo. No había nadie capaz de encontrar (sin querer) un anticuario en Pocomaco cuando el objetivo era comprar una butaca en Ikea. Otros se habrían cabreado. Ella no. Ella se perdía en cada salida de la ciudad y aprovechaba para ver mundo. Eso decía. No hay como rectificar con estilo. Y ella tenía estilo para reírse al volante hasta de sí misma. No saben cuántas veces se nos saltaron las lágrimas al mismo tiempo que las señales.

Esta es la séptima crónica que no lee, y me habría puesto verde por hacerla protagonista. Y por escuchar conversaciones ajenas y tomar prestada, sin pedir permiso, la intimidad de una madre y su hijo. Y su ternura y sus nueces. Pero también sabría reírse como solo ella se reía. Y me perdonaría la osadía. Como siempre.

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