Una emotiva despedida de Monte Alto

Apoyado en el andador se fue despidiendo, uno a uno, de sus casi 30 vecinos: él, con 94 años, y su mujer se van a una residencia

Las vistas desde la ventana. «Lo que veía mi vecino cada día al levantarse, cada noche, era la torre de Hércules», explica esta internauta fascinada por el bimilenario faro
Las vistas desde la ventana. «Lo que veía mi vecino cada día al levantarse, cada noche, era la torre de Hércules», explica esta internauta fascinada por el bimilenario faro

A Coruña

Esta es una historia escondida en un barrio de A Coruña. Uno de esos emotivos milagros de la convivencia diaria. El reverso de tanta indiferencia, de tanta mirada empantallada. El protagonista, con una humanidad del tamaño de la torre de Hércules, seguirá siendo un coruñés anónimo. Salvo para sus vecinos de Monte Alto, que han tenido la suerte de tenerlo a su lado. Ellos son testigos de lo ocurrido. Lo contaba, emocionada, una de las vecinas en su cuenta de Twitter (@isi_73): «Hoy se me ha partido el alma, me he enternecido, imposible no emocionarse y dejar caer alguna lágrima, una lección de humanidad que recordaré siempre...».

Luego ubicaba la historia: «Vivo en un edificio en el que la mayoría de los vecinos ya son mayores, muy mayores, algo cada vez más común... Quien puede, vive solo, se defiende como puede con tal de no dejar su casa, su vida, algo que entiendo muy bien...». En A Coruña hay unas 26.000 personas, según datos del Instituto Galego de Estatística (IGE), cuya única compañía es, como canta Sabina, «esa amante inoportuna que se llama soledad».

Con ese modo de narrar que es el hilo de Twitter, la internauta seguía contando: «Mis vecinos de arriba son una pareja de noventa y muchos que llevan años peleando con la salud; él lleva cuidándola muchos años, mimándola, pero los años pasan y él también necesita cuidados... Desde hace una buena temporada tienen personas que les ayudan diariamente».

De los más de 102.000 hogares de A Coruña, en la quinta parte solo hay mayores de 65 años, dicen los fríos datos del IGE. «En los corrillos de los vecinos siempre nos preguntamos y preocupamos por cómo están y hemos estado siempre ayudando cuando mi vecino baja con el andador a la calle a hacer una poquita compra». Fue a comienzos de este mes cuando «me cuentan mis vecinos que esta pareja se va a una residencia, que era lo que el marido quería desde hace tiempo para que cuiden bien a su mujer, porque él no puede como antes... Todos los vecinos, contentos por ellos, aunque tristes por la despedida».

Inesperado adiós

Pero fue una despedida que nadie esperaba: «Esta mañana me llaman al timbre y cuando abro me encuentro al residente con el andador. Está llamando puerta por puerta a cada vecino para despedirse... Emocionado, me cuenta que se van después de 44 años aquí. A mí se me empiezan a caer las lágrimas. Le digo que me alegro por ellos, que los cuidarán bien y que harán nuevos amigos. Le doy un abrazo enorme y le hago una caricia en la cara. Soy consciente de que es la última vez que lo veré y lo peor: él también lo sabe».

Las palabras, hasta para los poetas, siempre son pobres para transmitir sentimientos: «Me aguanto las ganas de llorar delante de él porque si a mí me sobrepasa la situación no quiero imaginarme a él, llamando a la puerta de 30 vecinos para despedirse... de ellos, de su barrio, de las vistas desde su ventana, de toda su vida». Por ello, «allí lo dejé entrando en el ascensor para ir al siguiente piso, arrastrando el andador a sus 94 años hasta emocionarse con el siguiente vecino. Imposible no llorar al cerrar la puerta. Lección de humanidad lo que viví hoy...».

Lo ocurrido le llevaba a una reflexión: «Yo en su lugar no sé si hubiera tenido la valentía de enfrentarme a cada vecino, a cada recuerdo... Abogo por que no se pierdan los edificios en los que todos nos conocemos por el nombre, que no perdamos la esencia de barrio, en el que todos nos conocemos... Y nos preocupamos». Esto es lo que ha ocurrido en «un barrio lleno de historias alegres, tristes, emocionantes y en el que aún me llaman Isabelita». Así concluía el relato de esta historia, tiernamente contada, de esta emotiva despedida del barrio de Monte Alto.

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